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La Resistencia española en Mauthausen, ejemplo de Convivencia

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Hoy es el día para hablar en la red de la CONVIVENCIA, iniciativa promovida hace tiempo por Senovilla y Ángel Cabrera desde sus respectivos blogs, en la que participan más de 350 bitácoras y dada la temática de ésta, no podía faltar a esta cita.

Kant nos recomendaba “Portarnos siempre como si la norma de nuestros actos hubiera de convertirse en ley general”, una ley que creo tan básica para la convivencia como la solidaridad con los demás, por eso, para recapacitar sobre nuestra falta de aprendizaje del pasado, y nuestra resistencia, en muchas ocasiones, a poner todo de nuestra parte para una buena convivencia, el tema de esta entrada es la organización de la Resistencia española en Mauthausen.

Los españoles, en Mauthausen, todo lo que consiguieron lo hicieron midiendo siempre antes los pros y los contras de cada paso que iban a dar, algo esencial que deberíamos aprender a hacer siempre, para mejorar nuestra convivencia.

Los “veteranos” de nuestra guerra supieron extraer todas las lecciones de ella, en concreto la de llegar a conocer al dedillo a cada SS, hasta el punto de saber cuál sería su reacción en situaciones concretas, y con ello, para el golpe en la medida de lo posible, o reducir su impacto.

Por otro lado, dado que la organización del campo no facilitaba en absoluto la comunicación entre los deportados, los españoles aprovecharon cuantas oportunidades tuvieron para tratar de articular su solidaridad de forma eficiente, como en la gran desinfección del 22 de junio del 41, cuando los sacaron a todos de las barracas de madrugada y les hicieron formar desnudos en el patio de los garajes de los SS hasta las nueve de la noche, mientras por los altavoces les repetían la invasión de la Unión Soviética por las tropas alemanas.

Al volver a las barracas, dejando en el patio inermes a cientos de deportados, los gases tóxicos empleados para desinfectarlas aun flotaban en el aire, y la escena del patio se repetiría toda la noche.

La solidaridad en este caso, jugó un papel importante.

Al principio, la lucha fue ardua y las acciones se limitaban a aportar alguna ayuda a los más débiles y a mantener su moral. El detonador psicológico que aceleró la toma de conciencia de los españoles, y se convirtió en su primera acción de resistencia pasó en agosto del 40, cuando vieron cómo conducían a Mauthausen a un grupo de niños españoles. Lo primero que decidieron como acción común fue salvar a los niños, autonombrándose tutores de aquellos que estaban sin padres ni hermanos, colocándoles entre los adultos en el trabajo para poder ayudarles, cediéndoles una parte del pan y de la ración de margarina, y acostándoles entre ellos por la noche para protegerles de los SS y de los Kapos.

La segunda acción tuvo lugar en el invierno de 1940-1941, cuando 4 españoles acusados de sabotaje fueron castigados a recibir 25 bastonazos en el culo en presencia de todos sus compatriotas, y después enviados al peor destino del campo, la Strafkompanie. Se creó una cadena de solidaridad dándoles cada uno de los españoles una cucharada de su sopa y unos gramos de pan para que pudieran sobrevivir.

Los presos políticos alemanes, austriacos y polacos, quedaron perplejos de la actitud fraternal de los españoles, que además les demostraba que se podían hacer muchas cosas en el interior del campo...

Los SS y los Kapos también quedaron sorprendidos con los españoles ya que fueron los primeros que empezaron a recoger a sus muertos en los distintos lugares del trabajo y los llevaban a hombros hasta el campo (aunque tuvieron que dejar de hacerlo al final dado el elevado número de ellos que había...).

El hecho de contar entre ellos con un gran número de conocedores de oficios varios, también ayudó a que los SS, poco a poco, fueran haciéndoles concesiones, y cada brecha abierta entre los SS o los presos de derecho común era una victoria española. Así se fueron haciendo con los puestos de “enchufe” que había, lo que significaba la ampliación de sus posibilidades en pro de los más necesitados.

Se establecieron unos lazos muy sólidos entre ellos que no se rompieron nunca, ni bajo las peores condiciones, ni cuando la moral del campo atravesó momentos muy difíciles.

El grupo de pioneros de la lucha clandestina trazó la primera línea de actuación del aparato clandestino:
  1. mantener la moral intacta contra viento y marea,
  2. ser dignos y mantener los principios que habían sido los motivos de la lucha antifascista,
  3. hacer entender a todos los españoles el mecanismo y características del campo para organizar mejor las acciones clandestinas y forjar la voluntad necesaria para sobrevivir,
  4. lucha activa contra la depravación y corrupción, evitando que ningún español le hiciera el juego a ningún SS,
  5. confiar en los aliados y no dudar que la victoria, de la que dependía su salida de los campos, seria de ellos,
  6. reforzar la solidaridad por encima de todo,
  7. tomar las medidas necesarias para exigir a los alemanes una mejor distribución de la comida y que cesaran los robos de la misma,
  8. destronar a los miembros del “hampa” que controlaban los niveles inferiores del campo, para que dejaran tranquilo al personal en los momentos de descanso,
  9. intentar colocar a los españoles en los puestos que exigían cierta clasificación para poder obtener información de toda clase,
  10. aconsejar el sabotaje y la pasividad en los grupos de trabajo, que además de ser una forma de lucha, implicaba un ahorro de fuerzas físicas,
  11. intensificar las relaciones entre los deportados de otras nacionalidades para organizar un frente común y unido contra los SS y sus esbirros,
  12. estimular la toma de conciencia de los españoles hasta formar un bloque nacional monolítico con un objetivo primordial: hacer frente a las adversidades y las injusticias para salvar aquella situación.
Para los deportados, las horas del domingo por la tarde (descanso) eran más demoledoras que una semana de trabajos forzados y malos tratos, puesto que era el momento en el que se enfrentaban a ellos mismos, su soledad, y sus recuerdos. Los españoles decidieron hacer algo para llenar ese hueco... organizando partidos de fútbol y peleas de boxeo, que además de para mantener distraídos a deportados e incluso SS servían para, aprovechando la agrupación de “espectadores”, cambiar impresiones y perfeccionar su aparato clandestino de solidaridad, donde cada uno, al final, jugaba su papel como parte de un plan de actuación.

A finales del 43, los españoles decidieron organizar acciones comunes (en particular de solidaridad) con otros grupos ya estructurados clandestinamente como el checo, alemán, austriaco, belga o el francés. Algunos responsables de estos grupos (como los del alemán) veían mal la proposición española de ayudar a los soviéticos a organizarse, no solo por el régimen de terror al que estaban sometidos, sino porque algunos rusos habían traicionado a compatriotas suyos, poniéndose al servicio de la Gestapo.
Pese a todo, los españoles se mantuvieron firmes en su propósito y consiguieron que los soviéticos empezaran a organizarse. Al poco tiempo pasó algo parecido con los yugoslavos, pero al final, se llegó a constituir un Comité Internacional.

A partir del otoño del 43, y hasta finales del 44, los problemas planteados por las llegadas masivas de prisioneros soviéticos e italianos, evacuados de los campos amenazados por el avance del Ejército Rojo, fueron tremendos.

Los italianos, estimulados por el espíritu de resistencia del campo, y las pruebas de solidaridad recibidas, pronto formaron también su aparato clandestino, y fue entonces cuando Hofmann y Razola propusieron un plan de acción al C.I. que se llamó “plan de acción preventiva” cuyas características eran:
  1. permanecer alerta y estar en disposición de responder y anticiparse a cualquier provocación de los SS
  2. si los SS intentaban hacer entrar a los deportados en los sótanos bajo pretexto de protegerles de un bombardeo aliado, oponerse a ellos por todos los medios y con la máxima energía,
  3. si organizaban la evacuación del campo, tomar medidas: pasar a la ofensiva en cuanto se cruzase el umbral de la entrada, hacer uso de las armas que les serian entregadas para neutralizar a los centinelas, armar al máximo número posible de deportados, y ocupar el campo para salir después al encuentro de las fuerzas aliadas.
Pero nada de esto sucedió, un día, Ziereis, comandante del campo, reunió a todos los españoles frente a las oficinas, ofreciéndoles ir a combatir contra los soviéticos. Ninguno accedió. Tras esto llegó la huída de los nazis del campo, la llegada de la policía municipal y bomberos de Viena, y su marcha al ver la organización y control que tenía el campo por parte de los deportados.

El 5 de mayo del 45 los aliados liberaron el campo, y aún les quedaba otra lucha a los españoles.

Los aliados americanos querían encerrar a los españoles de nuevo en un campo para “personas desplazadas” al no poder ser repatriados a su lugar de origen, pero la solidaridad de los deportados franceses ayudó a que está lucha no pasara a mayores. Dado que los españoles habían sido capturados combatiendo en territorio francés, el gobierno presidido por el general De Gaulle accedió a acogerlos en lo que siguió siendo su “segunda patria”.

Cada uno debe sacar las conclusiones que vea oportunas, mientras sirvan para recapacitar sobre si somos capaces de convivir, para mi, son importantes factores como pensar antes de actuar, potenciar la comunicación, nunca hacerle a otro lo que no quieres que te hagan, portarnos siempre como si la norma de nuestros actos hubiera de convertirse en ley general, no esperar a tener que sufrir un detonante psicológico que nos reactive las conciencias, y aprender a colaborar, ¿y para ti?.

Bibliografía: El holocausto de los Republicanos Españoles (Eduardo Pons Prades); Ed. Belaqva

"Hemos aprendido a volar como los pájaros y a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos." - Martin L. King
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Supervivencia, Testimonio y Arte. Españoles en los Campos Nazis

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La sala de exposiciones de Santo Domingo de Salamanca acoge del 26 de abril, al 30 de mayo la exposición "Supervivencia, Testimonio y Arte. Españoles en los Campos Nazis", que reúne pinturas, maquetas, grabados y esculturas realizadas por supervivientes españoles del campo nazi de Mauthausen, en el que estuvieron recluidos entre 1.940 y 1.945, que constituyen un testimonio de lo visto y lo vivido en aquellos años.

La mayor parte de las obras expuestas proceden de dos donaciones realizadas al Ministerio de Cultura. Las maquetas y las obras pictóricas han sido cedidas por la FEDIP y la colección escultórica por la familia de Ángel Hernández García (Hernán).

No es una exposición al uso, porque casi ninguno de los autores de las obras expuestas fue nunca un profesional del arte ni personas cercanas a los medios artísticos, y no aspiraron a que sus obras fueran consideradas en función de sus cualidades plásticas. Probablemente, para alguno de ellos, su relación con estas actividades, aparte del tiempo dedicado a estas obras, fue muy reducida, aunque si está presente también algún autor que si tuvo formación académica como artista, e incluso logró cierto reconocimiento.

Los autores reunidos en esta exposición se enfrentaban a la memoria de unas vivencias que marcaban de manera tajante un antes y un después en sus vidas. No sólo habían regresado de una experiencia extrema, y habían sobrevivido, sino que habían sido testigos de como muchos otros, la mayoría de sus compañeros, habían sucumbido y no iban a poder contarlo.

Luchar contra la ignorancia de los crímenes cometidos era una forma de victoria contra sus perpetradores y permitía ver un futuro más esperanzador.

De los autores que se exponen, solo quedan dos con vida. Con sus obras, quedan para el futuro sus testimonios.

Os dejo una muestra de lo que podéis ver en la exposición:
Ramón Milá Ferrerons, 1.946.
Milá recrea una escena correspondiente a 1.940-1.941 en que un kapo apalea un preso judío. Aún no habían tenido lugar las deportaciones masivas de judíos, pero los llegados a Mauthausen encontraron la muerte en un plazo muy breve.

Ramón Milá, 1.946
Preso tallando piedra.

 Luciano Aznar Sesé caricaturizado por José Cabrero Arnal en el Kommando Steyr.

Ramón Milá Ferrerons
Evocación de Mauthausen

 Enrique Martín Hernández
Mauthausen: la cantera Wienergraben

 Enrique Martín Hernández
Le mur des suppliciés / El muro de los torturados.

 
Ángel Hernández García - Hernán.

Quiero dedicar esta entrada a Miguel y Tere, pues no se me ocurren mejores acompañantes para haber visitado la exposición. Gracias!!.

"No es necesario creer en lo que dice un artista, sino en lo que hace." - David Hockney
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La rondalla española y el cuadro escénico de Mauthausen.

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Para contribuir a que la escasa esperanza que mantenían los presos no se agotase, era necesario que algunos de ellos tuvieran iniciativas que distrajeran al resto, haciendo que sintieran que, al no doblegarse del todo, en cualquier momento pudiera volver a resurgir la persona que llevaban dentro, como hicieron los españoles, aportando su grano de arena con su alegría, buen humor, y canciones, intentando distraer y devolver la sonrisa a la gente.

Agruparse por regiones y entonar canciones del terruño casi silenciosamente, era habitual entre los españoles.

En la primavera de 1.943, el asturiano Sanchez "el Juaco", carpintero, y familiarizado con coros y música en su tierra natal, puso en marcha la rondalla española de Mauthausen, pidiendo la colaboración de todos los compañeros que trabajaban en los talleres de carpintería, para que recuperasen restos del material empleado en la fabricación de los muebles de los SS.

Entre todos, consiguieron crear las piezas necesarias para montar los instrumentos musicales, a escondidas de los Ss y de los Kapos. El proceso era: robar, almaenar, cortar, cepillar, lijar, acoplar, pegar y ajustar.

Se montaron laúdes, guitarras y bandurrias, y las clavijas, que no se podían hacer,  se consiguieron a través de Boix, que, por medio de su "clientela" SS consiguió que se las llevases desde Linz, a 20 km. del campo.

Las cuerdas se conseguían a través de los compañeros que trabajaban en la desinfección, introduciéndolas en el campo igual que los instrumentos, disimuladas entre la ropa transportada de la desinfección al lavadero. (Al Effektenkamer le llamaban "la cueva de Alí Babá" por la cantidad de cosas que se podían encontrar procedentes de las maletas de los judíos)

En unas semanas, los carpinteros españoles habían montado la primera bandurria, y Sánchez, Botella, Canales y Azaustre daban el visto bueno, desde el punto de vista musical (si tenían mala sonoridad los desechaban).

Botella daba clase de solfeo a varios jóvenes.

Los SS descubrieron los instrumentos, y curiosos y sorprendidos por el hecho de que se hubieran fabricado allí mismo, delante de sus narices, sin que se dieran cuenta, no tuvieron una reacción tan violenta como se esperaba. Es posible que pensaran que mientras los españoles cantaran y bailaran no se dedicarían a otras actividades más peligrosas para ellos.

En la barraca 13 (la que servía de "Plana Mayor" a los españoles para sus actividades militares y políticas), que era el almacén más importante de todo lo que estaba destinado a la solidaridad, fue donde tuvo lugar el primer concierto, y por primera vez, se oyeron jotas, pasodobles y alguna pieza clásica como "El sitio de Zaragoza".

En ese momento, hasta los más necesitados de descanso abandonaron su camastro para unirse a cantar alguna copla o algún estribillo.

Un tiempo después, comenzaron a darse conciertos los domingos por la mañana, con un coro dirigido por Sánchez "el Juaco", y más adelante, Garriga solicitó permiso a los Ss y pudo agenciarse un acordeón que tocaba él mismo, prestado por el grupo de músicos que tocaba acompañando a los presos evadidos hacia el patíbulo.

Por este mismo camino, tras la rondalla, nació el cuadro escénico, que debutó con una comedia, con guasa ibérica de la mejor, y a la que puso música Garriga, titulada "El marajá de Rajaloya".

Ensayaban cada tarde entre la vuelta del trabajo y el toque de queda. 

Los sastres españoles, con materiales "recuperados" confeccionaron trajes orientales, y los pintores hicieron decorados magníficos (uno de ellos llegó a representar la plaza de Cibeles de Madrid, con casas incluidas, cuyos balcones se alumbraban con velas de sebo que presos españoles sujetaban detrás del escenario).

Estas iniciativas fueron conocidas por el alto mando del campo, pero a día de hoy, nadie se explica aún cómo es que ni Ziereis ni Bachmayer pidieron cuentas, ni siquiera para hacerse rogar por los deportados. Solo imponían restricciones cuando se decretaba algún castigo colectivo y los presos debían permanecer recluidos en sus barracas.

Todas las reuniones que se producían con motivo artístico o musical, eran aprovechadas, además, para los fines políticos o militares de los republicanos españoles, actividad que deportados de otras nacionalidades tardaron mucho tiempo en detectar, y que los SS nunca llegaron a sospechar.

Bibliografía: El holocausto de los Republicanos españoles (Eduardo Pons); Ed. Belacqva

"La peor de las fatigas es abandonarse" - Luis Gil, superviviente de Mauthausen
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Los libertadores de Mauthausen

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En la puerta principal de Mauthausen una placa recuerda la 11ª División Acorazada de Estados Unidos con el lema: “Sus hazañas nunca se olvidarán”, pero la hazaña de la liberación de Mauthausen nunca fue registrada con exactitud, y los veteranos de la Thunderbolt no han sido capaces de ponerse de acuerdo ni siquiera en las circunstancias más elementales de la liberación del campo, aunque pese a las distorsiones y diferencias en los testimonios, hubo 5 fases, claras, en la liberación:
  • La partida de los últimos SS la noche del 3 al 4 de mayo, dejando el control a Kern y la Feuerschutzpolitzei de Viena.
  • Las negociaciones de Kern y el comité internacional de prisioneros (donde los españoles habían conseguido una posición de liderazgo) el 4 de mayo, y la noche del 4 al 5 de mayo.
  • La llegada de dos patrullas estadounidenses el 5 de mayo y el desarme y marcha de los guardas austríacos.
  • El control del campo por parte de los prisioneros, bajo un comité internacional, la noche del 5 al 6 de mayo.
  • El regreso de los estadounidenses el 6 de mayo.
La 11ª División Acorazada de Estados Unidos (Thunderbolt) comandada por el general Dager había establecido sus cuarteles generales en Schwanenstadt. La división estaba formada el 1 de mayo por 613 oficiales y 10.162 hombres. De las 3 brigadas de Dager (denominadas unidades de combate), la unidad A, dirigida por el general Holbrook, se acantonó en Walding, y la B, dirigida por el coronel Yale, en Gallneukirchen. La mañana del 5 de mayo, estos 2 comandantes de brigada enviaron una patrulla de reconocimiento en la dirección de Mauthausen, a través de sus cadenas de mando.

La compañía D, comandada por el capitán Odis Whitnell, cumpliendo las órdenes recibidas, envió al pelotón de Albert J. Kosiek (jefe del 1º pelotón de la Compañía D del 41º Escuadrón de Caballería Mecanizada de la Unidad de Combate B, acuartelado en Katsdorf, a 19 km. de Mauthausen) a investigar un punto importante alemán cerca de Mauthausen y a verificar el estado del puente de St. Georgen sobre el río Gusen, y Kosiek partió con 22 hombres, en 3 vehículos blindados de reconocimiento y 4 jeeps.

Llegaron a Lungitz, emplazamiento de Gusen III, y encontraron a los guardias totalmente dispuestos a rendirse, miembros de la brigada de bomberos de Viena, pero vestidos con uniformes de la SS. Kosiek destacó a dos hombres para que escoltaran a los guardias al cuartel general en Gallneukirchen, y continuó su camino en dirección a Gusen II. Al norte del río, el primer vehículo de Kosiak, comandado por el sargento Harry Saunders, interceptó una moto y un coche con bandera de la Cruz Roja internacional, conducido por Louis Haefliger, delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja, que no hablaba ingles, junto al oficial de las SS Reimer. Kosiek y Saunders no hablaban alemán, pero si un miembro del pelotón, Albert Rosenthal, que pudo transmitirle a Kosiek que cerca había un gran campo de concentración con el nombre de Mauthausen, que el “hombre de la Cruz Roja estaba intentando contactar con un general estadounidense para la rendición del campo” y que “había 400 SS dispuestos a entregarse”.

Haefliger, informado del plan para aniquilar a la población de Gusen II volando los túneles de Bergkristall, convenció a Kosiek de que primero lograra la rendición de la guarnición local. Los SS habían colocado barricadas en las calles del pueblo, pero la gente las había retirado por la noche, por lo que Haefliger guió a la patrulla a la iglesia cerca de la que se encontraba la entrada a los túneles. Los SS habían huido, y solo encontraron a un comandante, oficial de la policía de Viena, vestido con uniforme SS (de esta acción, Kosiek no dejó constancia en su relato).

Kosiek seguía teniendo una misión que cumplir, y al verificar que el puente sobre el río Gusen estaba intacto, transmitió por radio las noticias al teniente Larkins, en Katsdorf, 2º al mando de la Compañía D, mencionando además los hechos de por la mañana, y la existencia de un gran campo de concentración.

A las patrullas de reconocimiento, se les permitía cierta flexibilidad (podían extenderse unos 10 o 12 kms.) respecto a sus límites, pero Kosiek no tenía órdenes de explorar ningún campo, y la distancia podía situarle fura del alcance de la comunicación por radio con la base, pero a pesar de las dudas de Larkins sobre el riesgo que correría el contingente, les dio permiso para avanzar, y la patrulla legó a Wimming, emplazamiento de Gusen I, que al principio confundieron con Mauthausen.

En Gusen I se encontraron una situación similar a las anteriores, los guardias no mostraron ninguna resistencia a la rendición, y Kosiek destacó al personal de dos de sus jeeps para que custodiaran a unos 40 guardias hasta el puesto de mando de Katsdorf, dando orden al resto de guardias de esperar antes de ser hechos prisioneros, permitiéndoles conservar sus armas para mantener el control del campo hasta la vuelta de los estadounidenses.

En el tiempo en que Kosiek permaneció en Gusen, otra patrulla llegó a St. Georgen desde el oeste. Una fuerza de reconocimiento del comando Wingard del general Holbrook, formada por 41 hombres del 3º pelotón, Compañía A, Batallón de la 55ª Infantería Acorazada, al mando del sargento Leander Hens, que tenían la misión de reconocimiento hacia las líneas soviéticas. Llegaron a St. Georgen por la mañana, en tres camiones semioruga con transmisores-receptores portátiles, y un transmisor de radio en el grupo, pero sin contacto con la base pues lo habían perdido al salir de Linz.

Vieron que algunos presos se habían escapado de Gusen II, y por los lugareños supieron de la amenaza de aniquilación, por lo que Hens destacó al sargento Robert Sellers al cargo de la ametralladora para que permaneciera en el pueblo y evitara que los SS llevaran a cabo su amenaza, y se dirigió con el resto del batallón al campo principal, pasando por Gusen I y II, sin bajarse, sólo deteniéndose brevemente para hablar con algunos presos.

Mientras tanto, Kosiek se dirigió al Campo principal, poniendo al frente el vehículo de Haefliger, dejando en las laderas de la subida al campo grandes cañones montados, y deteniéndose ante el Sanitätslager, dónde los americanos no podían creer lo que veían: “como si una gran fosa se hubiera abierto, los enfermos del hospital caminaban hacia ellos tambaleándose, como esqueletos vivientes, a medio vestir, casi desnudos o en harapos. Daban palmadas sin hablar. Tenían las manos tan enflaquecidas, pensó uno de los libertadores, que aquello sonaba como el palmear de las focas”.

El blindado de Sanders y uno de los jeeps se quedaron en la puerta del garaje de los SS, y el otro blindado y el jeep de Kosiek se dirigieron a la entrada principal, que se abrió mientras llegaban. Los prisioneros empezaron a salir en tropel, y Kosiek ordenó a su artillero disparar unas ráfagas por encima de sus cabezas para controlar la situación, y los prisioneros volvieron a entrar. Cuando Kosiek y algunos hombres bajaron y fueron andando hacia la entrada, se quedaron atónitos al ver miles de prisioneros abrazándose, llorando y cantando, con los españoles catando el Himno de Riego, y todos gritando una misma palabra (Liberté, Freiheit, Svoboda, Wolnosc, Szabadsag, Libertad). Algunos bailando, silbando, aullando, rotos en llanto, o, alguno también produciendo disturbios.

Kern, acompañado de un alemán que hacía de intérprete, se acercó a Kosiek para informarle de su rendición y la de los bomberos de Viena, pero que no estaban dispuestos a entregar las armas si se tenían que quedar solos en el campo, puesto que los prisioneros sanos se apresuraban a quitárselas. Pidió también la rendición de la fortaleza a un oficial, y Kosiek se presentó como tal, por lo que Kern accedió a rendirse si Kosiek ponía fin al tumulto que había en la cocina, dónde le llevo. Kosiek rompió la ventana, y viendo que la mayoría eran polacos se dirigió a ellos en su idioma, pero no funcionó. La restauración del orden en ese momento fue gracias al Comité Internacional, cuyo presidente, recién elegido, era Heinrich Dürmayer.

Kosiek y Dürmayer se subieron a la balaustrada donde se habían antes pavoneado Ziereis y Bachmayer, y desde allí, convencieron a los líderes de los grupos nacionales para que regresaran a sus dependencias mientras los estadounidenses desarmaban a los guardias, a los que ordenaron reunirse en la puerta principal, y depositar sus armas en 3 camiones requisados del garaje de las SS.

Estaban en el límite de cobertura por radio de Larkins, quién indicó a Kosiek que llevara andando a los guardias a los cuarteles generales en Gallneukirchen (a más de 25 km.).

No está del todo claro si había o no SS entre los capturados en Mauthausen. Los informes estadounidenses no hablan de prisioneros SS, pero varios ex prisioneros aseguraron que si, y dos SS que comparecieron más tarde ante un tribunal aseguraron haber permanecido allí hasta la llegada de los americanos...

En ese tiempo, la patrulla de Hens también pasó por el campo. Al llegar a la puerta del garaje, reconocieron los vehículos del 41º de Caballería. Lo 1º que recuerda Berg haber visto fue “tres esqueletos vivientes caer muertos de puro agotamiento al intentar pasar por las puertas abiertas”. La patrulla de Hens también examinó todos los elementos y lugares del campo, caminando entre pilas de cadáveres, y una hora más tarde, Hens reunió a su patrulla en la puerta, y al haberse salido del límite territorial de su misión y haber perdido contacto por radio, se replegaron, volviendo a St. Georgen para recoger a la sección de ametralladoras de Sellers, pero antes de partir hacia Linz, Hens conversó con los habitantes de St. Georgen y con los guardias y presos de Gusen I y II.

Mientras la unidad de Saunders estaba estacionada dentro y fuera del garaje de los SS, sus miembros recuerdan haber presenciado un momento de gran emoción cuando un grupo compuesto por prisioneros, casi todos catalanes, cogió a lazo el águila de bronce situado sobre la esvástica encima de la entrada del garaje, y lo tiró al suelo.

Los estadounidenses tienen varios recuerdos de aquel día, pero el más memorable para ellos fue cuando la banda de prisioneros tocó el himno de su país (que se habían aprendido la noche antes) mientras el pelotón de Kosiek formaba en posición de firmes y presentando armas.

Kosiek, consciente de que su patrulla no podía hacer más que mantener el orden, y sin autorización para permanecer en el campo, además de con el deber de salvar a 3 prisioneros estadounidenses que habían encontrado allí, informó al Comité Internacional de que las fuerzas estadounidenses estaban muy cerca, y de que un capitán y su compañía se pondrían en marcha tan pronto como él llegara a la base con las noticias.

Los camiones partieron con las armas pesadas de los guardias, y las armas ligeras que pudieron encontrar, tras elegir Kosiek y Saunders las que más les gustaban como trofeos personales, para repartirlas entre sus hombres, las rociaron de gasolina y las prendieron fuego. Escoltaron a los 1.000 guardias austríacos a su base, parando antes en Gusen a recoger a otros 800 que habían dejado allí, y llegaron a Gallneukirchen en la madrugada del 6 de mayo, donde el teniente coronel Richard R. Seibel mostró su absoluto asombro al ver a un pelotón de unos 20 hombres transportando al menos a 1.800 prisioneros.

El informe del 5 de mayo de 1.945 de la Thunderbolt hace poca referencia al descubrimiento de Gusen y Mauthausen. La noticia más importante del día era que el puente de hormigón y acero entre Urfahr y Linz había sido tomado al mediodía. Mientras que omitía que el puente ferroviario del pueblo de Mauthausen también estaba intacto, señalaba que la captura del puente de Urfaht-Linz privaba a todas las fuerzas de la Wehrmacht en Checoslovaquia de la posibilidad de retirarse al supuesto Alpenfestung. El otro hecho importante registrado el 5 de mayo se refería al orden de asignación de zonas a dos de las tres brigadas de la división al este de la Línea de Contención, mientras se enviaban patrullas a establecer contacto con el Ejército Rojo.

Los campos de Mauthausen y Gusen habían sido liberados de sus guardias, pero abandonados a la noche por los estadounidenses, con la promesa de volver al día siguiente. Bajo el punto de vista americano no había razones lógicas para que los prisioneros supervivientes no ejercieran la autodisciplina necesaria para permanecer en sus campos toda la noche, pero desde el punto de vista de los prisioneros la situación era diferente, ardían en deseos de vengarse de los Kapos, estaba la frenética ansia por comer, y queda el miedo a que los SS pudieran volver a la fortaleza.

Si en Mauthausen hubo un Comité Internacional que evitó los excesos, no pasó lo mismo en Gusen, pero esa ya, es otra historia.

Bibliografía: Españoles en el Holocausto; David W. Pike (Ed. Debolsillo).
"¡Oh, dulce nombre de la libertad!" - Marco Tulio Cicerón
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Liberacion de Mauthausen: la pancarta y un poema.

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El próximo 5 de mayo, se cumple el aniversario de la liberación de Mauthausen, el "campo de los españoles". Las fuerzas americanas lo liberaron el 5 de mayo de 1.945. 

Mauthausen fue el último campo del Reich liberado.
Los que permanecían en el campo los últimos días, estaban en una situación desesperada, con los barracones superpoblados por la evacuación de otros campos (se estima en 199.400 el número de prisioneros que pasaron por Mauthausen entre 1.938 y mayo de 1.945. De ellos, se cree que unos 119.000 murieron en Mauthausen y sus subcampos), sin alimentos, y con una persistente actividad de las cámaras de gas. La noche del 2 al 3 de mayo, los deportados, atónitos, contemplaron cómo los SS abandonaban el campo siendo sustituidos por la policía de Viena para la vigilancia del campo, y en ese momento el Comité de Resistencia y los pequeños grupos organizados meses atrás en tareas de ayuda y defensa mutua, intentaron controlar la confusa situación y aprovisionarse con armas y alimentos.

Una de las fotos más conocidas es la imagen de la entrada de los americanos en el campo, con una pancarta escrita en español, recibiéndoles. El autor de esta pancarta, fue Francisco Teix, un dibujante y pintor de oficio. El 5 de mayo, un responsable de la organización del campo fue a verle y le propuso hacer un cartel con un saludo a las fuerzas libertadoras, pidiéndole que lo tuviera preparado en 48 horas. Tenía que pintar unas 150 letras en 20 metros de sábanas robadas que habían cosido los sastres y habían instalado a lo largo de las paredes de los lavabos del bloque 11.
Al no quedar nazis y estar vigilados por los policía de Viena, la situación era más relajada, y se puso en marcha un dispositivo de vigilancia situando vigías en los tejados del crematorio y del búnker para que Francisco pudiera trabajar: "si algún policía hubiese tenido la mala ocurrencia de visitar el cuarto de los lavabos, los centinelas nuestros lo habrían eliminado, metiéndole luego en el taller".
Sobre la una de la tarde, estaban inscritos los textos en inglés y ruso, y cuando faltaba la última palabra en español corrió la noticia de la llegada de los tanques.
Teix terminó rápidamente el texto, y "poco después entró el camarada Corona, diciéndome loco de alegría que los americanos estaban a la vista y me exigió que le entregara el cartel [...]. Saltándose a la torera todos estos detalles de orden jerárquico, cogió la tela y precipitadamente corrió hacia los miradores de la entrada principal. [...] Al llegar al pie de la torre del vigía, el policía de guardia, sin gran convicción, le preguntó adónde iba. Y Corona, empujándole y diciéndole "Raus Mensch" (algo así como "quítate de en medio, espantajo") subió rápido la escalera. A la interpelación del centinela, que en el mismo sentido se me dirigió, le contesté en el mismo tono. [...]. Corona, desbordado de alegría, me invitó a ayudarle a desplegar la tela y a fijarla en la baranda que da al interior del campo. En este momento una explosión de júbilo se produjo y cuando los tanques entraron en el campo la alegría general fue una auténtica apoteosis".

Os dejo un fragmento del documental "El convoy de los 927", que merece la pena ver y escuchar, donde supervivientes españoles relatan cómo vivieron la liberación:

Francisco Ortiz, nació en 1.912 en Santisteban del Puerto (Jaén). Tras alistarse con 17 años en el Ejército republicano, llegó a ser capitán de carabineros, y tras huir a Francia fue detenido por los nazis al norte de París para ser conducido al campo de Mauthausen.
En Mauthausen Francisco Ortiz se dedicó a trabajos de carpintería, sin dejar de lado la resistencia clandestina. Llegó a robar una pistola a los SS, y la escondió en un hueco del barracón, junto a una bandera tricolor republicana que confeccionaron entre unos cuantos españoles y que todavía conserva. Con motivo del 60º aniversario de la liberación del campo le regaló su apreciada bandera al presidente del Gobierno español, pero semanas después Zapatero se la devolvió con una carta de reconocimiento a su valor y a su dignidad.
En el siguiente vídeo, Francisco Ortíz recita un poema dedicado a Mauthausen:

Tuve que salir de España
por la sencilla razón,
defender la libertad
y que haya un mundo mejor.

En ese duro combate
el destino me llevó
al campo de Mauthausen,
hoy cementerio español.

Allí está el Danubio Azul
que un día cambió de color,
con sangre republicana
del guerrileero español.

¡Campo de Mauthausen!
tus muros bañan en sangre
unos matados a palos,
otros murieron de hambre.

Esa es la sangre española,
derramada en el combate.
Y para que el mundo sepa
y le quede en su memoria,
el español no fue vencido
nunca jamás en su historia.

Y aquí dejo por escrito
para cada ciudadano:
Más vale morir de pie
con las armas en la mano.

¡Más vale morir de pie
con las armas en la mano!

Fuentes: El holocausto de los republicanos españoles (David W. Pike), Los campos de concentración nazis (Rosa Torán), Enciclopedia del Holocausto.

Más información: Librairie Espagnole et Cie, dónde podéis ver una entrevista a Luis Estañ, y escuchar otra a Paco Aura, supervivientes del campo.
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Una de las peores atrocidades contra prisioneros aliados en Mauthausen.

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Según avanzaba la Segunda Guerra Mundial, y conforme el III Reich se sumía en la desesperación, empezó a tratar a algunos prisioneros de guerra de los aliados como hacía con los soviéticos, especialmente, si estos prisioneros eran de las unidades de élite que le estaban asestando los peores golpes a los alemanes. Es el caso de 47 prisioneros aliados anexados a la SOE, oficiales jóvenes, que llegaron a Mauthausen encadenados el 5 de septiembre de 1.944, procedentes de prisiones de Holanda y Francia; suceso del que fue testigo Juan de Diego.

Esa tarde, llegaron los 47 prisioneros, 39 holandeses, 7 británicos y 1 estadounidense. Les llevaron al Arrest, donde permanecieron toda la noche, y a la mañana siguiente, cuando los comandos habían salido del campo, se les alineó en los escalones que conducían a las duchas, rodeados por SS entre los que estaban los más sádicos y crueles, Ziereis, Bachmayer con su perro Lord y Trum con su látigo.

“Adiestrado en la caza del hombre, el perro descubría en el acto a sus presas. Esperaba tan solo la orden para arrojarse sobre ellas. Los ojos del capitán Bachmayer buscaban entre el grupo de prisioneros al hombre contra el que lanzaría a su perro. Pero antes sentía la necesidad de mostrar su propia bestialidad, maltratando y apaleando a los prisioneros, como si ello pudiese servir de estímulo al animal.
Bachmayer se colocó, con su clásica pose de matón, frente al grupo de prisioneros… Un tartamudeo nervioso, seguido de un lenguaje incoherente, transformó al hombre en un monstruo; tras unos instantes de verdadera histeria, se notaba una pérdida de vigor, seguida de espasmos, como si las atrocidades que cometía le produjeran placer sexual.”

Ziereis ordenó a los prisioneros formar frente a la oficina del campo, para someterse al registro, y les condujeron látigo en mano.

Ninguno de los 3 Lagerschreiber hablaba inglés, por lo que uno de ellos propuso para la labor de intérprete al checo Premysl Dobiàs, y comenzó el interrogatorio de Ziereis, que quería saber la misión de los prisioneros, pero Dobiàs, quería conocer sus experiencias en el cautiverio. Los prisioneros daban su nombre, graduación y nº de serie. Los que no respondían a cuál era su profesión, eran golpeados. Y al percatarse Ziereis de que algunos prisioneros contestaban a Dobiàs si que éste transmitiera la información que le estaban dando, y sospechando que le estaban hablando de su experiencia en el cautiverio, le dio un fuerte golpe en la cabeza con el látigo.

Más furioso que nunca, ordenó que asistieran media docena de barberos para hacerle a los agentes aliados, sin jabón, un “corte de pelo Himmlerstrasse” de 3 centímetros. Uno de los peluqueros, viendo imposible la tarea, tiró la cuchilla y empezó a usar las tijeras.

“Ziereis ordenó a un barbero que afeitara más deprisa la cabeza de un prisionero con su maquinilla; pero, viendo que el prisionero se esmeraba en cumplir su cometido con humanidad, el comandante se la arrancó de las manos y, asestándole varios puñetazos y puntapiés, le grito: “¡hijo de perra!, ¡Así, así es como lo tienes que hacer!". Y haciendo correr la maquinilla sobre la cabeza del prisionero no paró hasta que, al atascarla con la cabellera, le arrancó el cuero cabelludo. Entonces, los SS se reían a mandíbula batiente de las gracias de su jefe, que soltaba la maquinilla envuelta de cabellos sanguinolentos.
Al caer desmayado el prisionero, Bachmayer lanzó el perro sobre él. Gracias a la rápida intervención e sus compañeros, que lo rodearon y lo protegieron, no murió despedazado. Aquello no era más que el primer acto de la tragedia que se preparaba”.

La sesión concluyó porque Ziereis y Bachmayer decidieron hacer una pausa para comer.

Los prisioneros no había sido registrados en ningún sitio, por lo que Ziereis ordenó al doctor Kart Helferich (otro prisionero político alemán) que les escribiera sus números con rotulador permanente en pecho y hombros, mientras le decía al Lagerschreiber que preparara anticipadamente sus certificados de defunción, y ordenaba que se sentenciara al barbero a la Strafkompanie por haber mostrado “insuficiente energía”.

Les pusieron a cargo del kapo Pelzer, un alemán de triángulo verde, y a primera hora de la tarde, les llevaron corriendo a la cantera, descalzos, y en ropa interior, después de haberles apretado a la espalda las portadoras de madera que se usaban para subir las piedras desde el fondo de la cantera.

Una multitud de SS se alineaban al final de los escalones, separados del borde del abismo, algunos, incluso con sus mujeres, pues Ziereis les había prometido “algo especial”.

Se ordenó a los aliados que cogieran una roca, y subieran los escalones a la carrera. Lo hicieron hasta 6 veces, y la escalera se cobró su tributo.

“Los SS habían preparado una gran juerga. Todos los oficiales de servicio y la tropa cubrían la pequeña carretera que conduce hasta la tristemente célebre escalera de 186 peldaños de la cantera de Wienergraben. Allí esperaban al grupo de castigados. Llegados estos a la carreterilla, los condujeron hasta el lugar en que ésta forma una media cornisa, al pie de la cual hay un despeñadero de 40 metros de altura. Al colocarles las portadoras, un SS había mascullado: “ya están listos los paracaidistas”. Apenas los prisioneros llegaron al borde del abismo, desde el fondo de la cantera empezó el tiroteo por parte de los SS. En esa tarde, cayeron 22 de aquellos prisioneros”.

Los SS habían tomado la precaución de sacar del Búnker a los dos prisioneros que trabajaban allí, Bargueño y Chacón, y los 25 aliados que permanecían con vida, fueron llevados a los calabozos del Arrest, donde suboficiales de la Politsche Abteilung se hicieron cargo de ellos, golpeándoles hasta dejarles inconscientes.

Los cadáveres de los aliados asesinados tenían tal grado de mutilación, que era imposible leer sus números de registro pintados, por lo que Bachmayer aceptó la idea de Juan de Diego de identificar a los vivos, para saber quienes eran los muertos, y De Diego fue enviado al Búnker. Una vez allí, encontró a los aliados encerrados en dos celdas para una persona, 12 en una y 13 en la otra.

Se les ordenó formar en el pasillo, donde se les pasó revista bajo la vigilancia del supervisor del búnker, Josef Niedermayer:

“[…] Éste era un sujeto de mala calaña, cruel y sanguinario, cuya sola presencia nos causaba repugnancia. Abrió los dos calabozos, en los que estaban amontonados los supervivientes, y se expandió un vaho maloliente. Se alinearon como pudieron a las tantas de la noche, esperando sin duda que les matasen allí mismo. Entonces pasé lista, y así se supo los nombres de los muertos. Quiso el azar que, entre los supervivientes, se encontrara un oficial holandés con el mismo apellido que el del oficial SS (se llamaba Niermeijer). Éste, al oírlo, se abalanzó bestialmente sobre él y, profiriendo los insultos más groseros y asquerosos, la emprendió a puñetazos, puntapiés y vergajazos con él, hasta que le faltaron las fuerzas para seguir aporreándolo. Sus compañeros, para evitarle más golpes, lo metieron de nuevo en el calabozo.
Minutos más tarde los cerrojos volvían a condenar a aquellos desdichados al más lúgubre silencio. Salí del Arrest pensando tantas cosas que mi cabeza no llegaba a contener las emociones de aquella jornada.
Allí encerrados quedaban unos seres horriblemente mutilados […].”

Esa misma noche, el testigo Joseph Drexel, presenció otro terrible acto contra los prisioneros: un grupo de Scharführer había invitado a unas cuantas mujeres al Búnker para participar en una orgía bañada en alcohol. En un momento dado, los sargentos abrieron las celdas y se ordenó a los prisioneros formar con las latas de sus excrementos. Se les obligó a tirar el contenido de las latas al suelo, y recogerlo sin usar las manos. Según Drexel, el asco que invadió a los prisioneros aliados superaba el miedo a los golpes. Se los obligó a usar sus ropas, pero sin limpiarlas. Todo este tiempo fue una “fuente inagotable de diversión” para SS e invitadas.

A la mañana siguiente, sin haber recibido agua ni comida ninguno de los prisioneros, comenzó de nuevo el acto final de los escalones, pero esta vez, los prisioneros se dirigieron al perímetro del campo, corriendo hacia la alambrada de espino, y Ziereis ordenó a las ametralladoras de las torres que pusieran fin a aquello.

Aquella tarde, cuando los demás prisioneros volvieron al campo después de haber presenciado la escena en los escalones, miles de zuecos de madera sonaron rítmicamente como protesta y homenaje a los muertos.

Por razones que se desconocen, los nombres de los 47 oficiales no fueron introducidos en el Todesmeldung (registro de muertos), por lo que unos días más tarde, algunos SS sin graduación recibieron la orden de acudir a la Lagerschreibstube y mecanografiar un informe con la lista de los oficiales aliados acusándoles de haber protagonizado una rebelión.

Juan de Diego, esperó el momento adecuado, cogió el papel de calco que habían utilizado (nuevo), los sostuvo frente a un espejo mientras lo copiaba, y escondió la copia.

“Durante dos días el campo de Mauthausen vivió una de las tragedias más horribles que allí se vivieron. Así, los SS dieron, una vez más, la medida de su sadismo y de su cobardía y aquellos gallardos jóvenes aviadores la de su valor”. 

Bibliografía: Españoles en el Holocausto (David W. Pike); El Holocausto de los Republicanos Españoles (Eduardo Pons Prades).
"La vida de los muertos está en la memoria de los vivos" - Marco Tulio cicerón
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Fuga del campo de concentracion, 3. Fuga del komando Cesar.

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El 5 de abril de 1.942, tres españoles se fugan del komando César, aunque acaban siendo detenidos de nuevo poco después, y uno de sus protagonistas, Agustín Santos, que ingresó en Gusen con la matrícula 5.106, deja su testimonio en el libro "El holocausto de los Republicanos Españoles", de Eduardo Pons Prades, con las siguientes palabras: "Si la narración no ha sido contada con el arte que lo hubiese hecho una pluma diestra, tiene la virtud de ser la exacta realidad sin poner ni quitar una coma".

Agustín Santos fue soldado republicano voluntario, y como tantos otros republicanos, en febrero de 1.939 cruza la frontera de Francia, acabando en el campo de Refugiados de Bacarés. Al declararse la 2ª Guerra Mundial, se alista en los batallones de marcha, pero en junio de 1.940 los alemanes le hacen prisionero y le internan en el Stalag VII-A hasta el 25 de agosto de 1.941 que le trasladan a Mauthausen.

Al llegar a Mauthausen, se encuentra con un montón de conocidos suyos, que no eran ni la sombra de lo que habían sido, entre ellos a Azuaga, amigo suyo de hacía tiempo, al que encontró particularmente cansado. Conservando aún sus fuerzas por llevar poco tiempo en el Campo, un día intenta compartir su ración de comida con su amigo Azuaga, y lo que recibe por respuesta es: "No, guárdalo para ti, que lo vas a necesitar muy pronto. Mientras que a mi ya no me serviría de nada. Ya es demasiado tarde; yo ya estoy en la pendiente que conduce al abismo inevitablemente. Tu aún estás robusto y puedes llegar al término del viaje."

Azuaga falleció 15 días después, y esto impresionó tanto a Agustín, que se prometió a sí mismo sobrevivir a aquello para contarle al mundo lo que estaba viviendo, con lo que pensó en fugarse, pero de Mauthausen era casi imposible, además de las consecuencias que conllevaría para sus compañeros de grupo.

El 12 de octubre es seleccionado para trabajar en el komando exterior de Vöcklabruch, el komando César, y al llegar allí, lo primero que comprobó fue que las alambradas que rodeaban al campo no estaban electrificadas, y que los españoles que allí estaban, aunque esqueléticos, conservaban cierta viveza en sus miradas.

Allí conoció a Juan Adelantado, con quién entabló amistad, y juntos coincidieron en su proyecto de evasión, realizando el primer intento el 17 de octubre, fecha en la que Santos sale de su barraca dirigiéndose a buscar a Adelantado a la suya, y cuando se aproximaba a su destino se encendieron los proyectores por lo que tuvo que regresar de nuevo a su barraca.

Estando a las puertas del invierno, deciden darse ese tiempo para madurar el proyecto, y llevarlo a cabo en primavera, pero un día, hablando de ello les escucha Francisco López Bermúdez, y les pide formar parte del equipo, por lo que a pesar de no estar del todo convencidos, por ser algo mayor, le aceptan, y acuerdan no hablar más del tema hasta la primavera.

Por aquel entonces, trabajaban en la construcción de una carretera, obra que se vio paralizada por las nieves, por lo que fueron trasladados a trabajar a un taller en el que Agustín entabló cierta confianza con una sirvienta que se apiadaba de ellos y les daba algo de comida cada vez que podía, y gracias a ella consiguió unas tenazas, herramienta necesaria para cortar las alambradas del campo.

Cuando llegó la primavera, acordaron llevar a cabo la fuga el 5 de abril. Para ello tenían que abrirse paso por un espacio que había de un par de metros bajo una de las torretas-mirador del campo, que era el único espacio no visible desde las otras 3 torretas por su proximidad a la barraca de los retretes, y ese día, cuando sonó el silbato para que se metieran en sus barracas, Santos, Adelantado y López se escondieron en la de los retretes, y en cuanto se cerraron las ventanas y puertas de los barracones, teniendo un margen de unos minutos antes de que los kapos pasaran revista, Agustín se deslizó por el suelo hasta las alambradas y las cortó, saliendo los tres, y cuando se encontraban a unos 500 metros del Campo, comenzaron a oír los silbatos y gritos en alemán, con lo que ya sabían que su fuga había sido descubierta.

Los proyectores comenzaron a funcionar, pero ellos siguieron alejándose del Campo arrastrándose por el suelo, y cuando calcularon que estaban a suficiente distancia, se incorporaron y echaron a correr hacia el bosque, teniendo que evitar el contacto con nadie que les pudiera ver vestidos con el uniforme de rayas, e intentando aprovechar esa primera noche para llegar hasta las montañas del Tirol.

Los días siguientes, fueron comiendo de lo que encontraban en granjas, y cogieron ropa vieja que encontraron, abandonando los trajes de rayas, lo que les permitía andar algo más de día.

A los 20 días de la fuga, se encontraron con un hombre de uniforme con la cruz gamada en un brazo, que les pidió que le siguieran, y ante la imposibilidad de deshacerse de él, Agustín le propino un puñetazo en la mandíbula que le dejó sin sentido unos momentos, y echaron a correr  en desbandada. El uniformado cobró el sentido y comenzó a gritar en dirección a la aldea más cercana, y en esa huida, el grupo perdió a Adelantado, que fue detenido poco después en un pueblo de aquella región.

Santos y López continuaron en dirección a la frontera suiza, pero que una tarde, durante un descanso que se tomaron en lo alto de una montaña se toparon con un guarda forestal que les comenzó a disparar, y López desapareció, por lo que Agustín continuó solo la marcha, escalando la montaña, hasta que se topó con la nieve, momento en el que vio una choza construida al abrigo de un roquedal, y decidió cobijarse allí para pasar la noche, pero al cabo de un rato, escuchó unos ruidos, y al mirar fuera, se encontró con Francisco, que llegaba helado, y herido en un brazo por los perdigones del guarda.

Agustín le limpió la herida con nieve, le vendó el brazo con un trozo de camisa, y se cobijaron en un montón de paja de la choza para pasar la noche juntos, y al amanecer, con una vieja bayoneta que encontraron, le sacó los perdigones más superficiales, y se tomaron el resto del día para descansar.
En cuanto anocheció, se pusieron de nuevo en marcha, pero a las pocas horas, Francisco se sintió desfallecer y le dijo a Agustín: " Yo no puedo seguir. Estas montañas son mucho para mí y no voy a ser para tí más que un estorbo", pero tratando de animarlo, y guiados por una promesa que se habían hecho en el campo de ayudarse mutuamente hasta el fin, Santos no le dejó, y decidieron abandonar las montañas y continuar la marcha cerca de las carreteras.

Dos días más tarde, a 350 kilómetros del campo, y a casi 30 de Suiza, son detenidos en un pueblo llamado Landeck. Les condujeron a la gendarmería, y allí declararon haberse fugado de un Stalag (campo de prisioneros de guerra). La gendarmería austríaca lo creyó, y enviaron a Agustín a un campo de represalias en Ucrania, el de Rawa-Ruska, perdiendo en ese momento el contacto con Santos.

Tres meses después de ser detenidos, la Gestapo le localizó (en agosto de 1.942) y se descubrió que era un fugado de un campo de exterminio. Le fueron a buscar a Rawa-Ruska y le llevaron a Cracovia donde fue sometido a duros interrogatorios en los que tuvo que explicar la evasión y los pormenores de la marcha hacia Suiza, y 3 días después, le recogían dos SS del campo de Mauthausen y el 27 de agosto volvía a cruzar aquellas puertas.

En Mauthausen no fue eliminado inmediatamente, tal y como se esperaba, sino asignado a una compañía disciplinaria trasladada a Gusen (que era lo mismo que sentenciarles a una muerte lenta), donde encontró de nuevo a Francisco López.

López no pudo resistir el invierno, y antes de que finalizara, falleció.

Agustín pasó 8 meses en aquella compañía, en la que resistió gracias a la solidaridad de sus compañeros, y gracias a ellos también, y a la ayuda del jefe de enfermería, pudo salir de la compañía disciplinaria y volver al régimen general del campo, lo que le permitió recuperarse un poco y resistir hasta el día de la liberación.
"Resígnate a no haber podido hacer una cosa, más nunca a no haberlo intentado, si vale la pena de intentarlo." - Amado Nervo
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El Kommando Cesar, un Oberkapo español en Mauthausen

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El kommando César es uno de los Kommandos de Mauthausen, conocido así por estar controlado por el jefe de los kapos, César Orquín i Serra, un valenciano con formación universitaria y musical que había pertenecido a la CNT y hablaba perfectamente el alemán. A Orquín, unos le acusan de déspota y otros de bienhechor. Hombre con cierta capacidad persuasiva con los SS, sugirió, con la promesa de obtener mayor capacidad productiva, la formación de un kommando especial formado por republicanos españoles con mejores condiciones de alimentación para trabajar en fábricas e infraestructuras en localidades próximas a Mauthausen. Tuvo a su cargo 460 españoles.

Hay deportados que le consideran responsable del envío de muchos españoles al campo de Gusen para ser eliminados, y hay deportados que  consideran que salvó a muchos españoles.

Para José Alcubierre no se portó mal, sino que tenia que tener contentos a los oficiales SS y por eso aparentaba dureza, ya que era oberkapo. Para Alcubierre el hecho de ser destinado a este kommando quería decir que "eran unos enchufados porque eso les libró de ir a la cantera".

Juan Camacho sólo tiene palabras de agradecimiento hacia César Orquín i Serra. De él dice que "era una persona muy culta, educada, refinada, atenta, con gustos y sabores musicales y que nunca le dirigió una mala palabra o un mal gesto. Allí, los comunistas lo quisieron involucrar en sus acciones pero él se negó, porque él no era comunista, él sólo se consideraba republicano. Eso lo salvó también cuando un grupo de españoles del kommando, muchos de ellos comunistas, serían enviados al campo central y a Gusen."

Para Jose Maria Aguirre, era un "hombre temperamental y de gran genio, se enfrentó a los alemanes y exigió tener a trabajadores españoles a su cargo para realizar trabajos de construcción. Al final, gracias a su tesón, consiguió salvar a más de doscientos compatriotas de la muerte". Gracias a César Orquín, el grupo de trabajo del que formaba parte José María Aguirre recibía doble ración de comida y un trato un poco –sólo un poco– mejor que el resto de deportados. Y Aguirre nunca se olvidaba de recalcar que él no había sido un héroe ni un luchador, "sólo un superviviente". Y que si no fuera por el "Kommando César", el temible capitán Bachmayer, también conocido como "El gitano", habría acabado con él.

En cambio, para otros como  Mariano Constante o Manuel Razola, era un preso de derecho común y provocador.

Francisco Batiste, en su libro "El sol se extinguió en Mauthausen" dice en su capítulo "Kapos Españoles": "(...) El denominado "Kommando César" fue el más "ilustre" y conocido por nuestros deportados. César Orquín, cabeza visible de los kapos, creó una siniestra leyenda a su alrededor. Yo, al haber convivido con él en el campo de concentración francés de Agde y en la misma Compañía de Trabajadores Españoles creada al inicio de la Segunda Guerra Mundial, tuve ocasión de conocerle personalmente. (...) Pese a sus contradicciones plasmadas en considerarse poeta en un momento dado para pasar después a ser autor dramático, doctor o ingeniero, podíamos definirle como un sujeto muy inteligente.
César intentó sacar el mayor provecho posible de la situación tan irreal en la que estábamos inmersos los españoles. Hablando casi correctamente el alemán, no tardó en poner su capacidad intelectual al servicio de los SS. Alcanzada la confianza absoluta del capitan Bachmayer y del Legerkommandant (jefe supremo) Zereis, se le concedió el grado de Oberkapo (cabo superior) con la responsabilidad de organizar un colectivo formado exclusivamente de excelentes trabajadores españoles. Así nació el que simbólicamente conocimos como el Kommando César.
No le resultó difícil agrupar a unos cuatrocientos de nuestros camaradas, imaginando todos ellos que, abandonar el terrorífico trabajo de la cantera de la muerte y estar bajo el mando de un Superkapo español les depararía un trato más humano y ampliaría sus posibilidades, por tanto, de sobrevivir al infierno de Mauthausen.
¡Vana ilusión! Tanto Cesar como sus ayudantes nombrados por él para "tratar" a sus trabajadores, eran, ante todo, lacayos de los SS., y el comportamiento de alguno de ellos para con sus compatriotas superaba, con creces, el instinto sanguinario de los kapos triángulos verdes alemanes.
Empleados en la industria de armamento en la ciudad de Ternberg, cercana a Linz, el ritmo de trabajo era infernal. Uno de mis amigos, el también valenciano Manuel Ginestar, veterano, junto a otros testimonios, pese a alguna divergencia, llegan a la conclusión de que la conducta de César resultó despiadada, sobresaliendo entre sus ayudantes hispanos su "preferido", un tal Flor de Lis, un joven muchacho de apenas veinte años lleno de instintos criminales que contribuyó enormemente a que el "Kommando César" fuese uno de los que, a ser posible, teníamos que evitar.
 Al igual que todos los oberkapos, César Orquín tenía a sus preferidos. Estos, una minoría, llegado el día de la liberación defendieron su actuación fundamentándola en que bajo su mando murieron únicamente cuatro españoles, por agotamiento físico y que bajo la dirección de kapos alemanes el porcentaje hubiese superado el 50%.
La realidad fue otra más diabólica, centenas de nuestros camaradas, debilitadas sus fuerzas que les imposibilitaban ya ser productivos, no debían morir allí, siendo trasladados a Mauthausen y Gusen donde eran eliminados definitivamente.
El regreso desde Ternberg de numerosos camiones con su triste cargamento y la elección de nuevas víctimas, nos hacía imaginar lo que ocurría en el grupo mandado por el inteligente y a la vez despreciable compatriota. El cinismo de César Orquín llegaba al extremo de elegir entre los desgraciados deportados a cuantos no eran partícipes de sus ideas."

Aquí están las dos caras de la misma moneda, bueno y malo. Una versión para cada vivencia.
"Y es que en este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el cristal con que se mira." - Ramon de Campoamor
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Estucha Zilberberg, superviviente de Ravensbrueck y Mauthausen

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Estucha Zilberberg nació en Polonia, y el estallido de la Guerra Civil española le pilló en Bruselas, estudiando medicina. Algunos amigos suyos, estaban en ese momento en Barcelona participando en las Olimpiadas Populares que se iban a inaugurar el día del estallido de la guerra, y cuando muchos de ellos regresaron a Bruselas, decidieron un buen grupo, irse de voluntarios España a luchar. Estucha formó parte del Cuerpo de Sanidad Militar en las Brigadas Internacionales, y por ello obtuvo la nacionalidad española, con lo que es además de polaca, española. Además, compartió cautiverio en Ravensbruck y Mauthausen con un grupo de españolas. Su nombre de guerra era Juanita.

En febrero de 1.939, como el resto de republicanos, cruza la frontera francesa, y valiéndose de sus conocimientos de francés y su condición de estudiante consigue llegar a París sin pasar por los campos de refugiados, y de allí a Bruselas, donde reanuda sus estudios en la universidad. 

Cuando los alemanes invaden Bélgica, Estucha está trabajando en los servicios hospitalarios de dermatología en Bruselas, y aconsejada por el profesor Jourdan, y por su trayectoria política, decide marcharse con su familia a Francia, acabando finalmente instalada en Toulouse, en octubre de 1.940, colaborando con la resistencia.
Cuando la dirección clandestina del PCF pidió que todos regresaran a sus lugares de orígen, Estucha regresó a París, con la misión de cruzar la Línea de Demarcación llevando la relación de voluntarios de las Brigadas Internacionales a los que supuestamente los nazis iban a buscar con mayor ahínco, para que los organismos internacionales los sacaran de Francia, algo que hizo, recopilando todas las biografías en papel de fumar.

Tras una breve estancia en Bruselas, regresó de nuevo a Francia, instalándose esta vez en Cambray (allí trabajaba su marido), donde entró a formar parte de la OS (Organización Especial), hasta que ésta se convirtió en la FTPF (Franco Tiradores Partisanos Franceses), en 1.942, y se tuvo que separar de nuevo de su marido, dirigiéndose a la dirección regional de los FTPF para organizar cursillos de enfermeras para las chicas que se iban a marchar al maquis.

El 30 de mayo de 1.941 nació su hijo, y en el momento que vieron que su lucha se tornaba más peligrosa (cuando comienzan a trabajar para la FTPF), decidieron confiárselo a un matrimonio amigo para su cuidado.

El 6 de febrero de 1.943 es capturada por la Gestapo en la estación de Lille. La encerraron en la cárcel de Loo-de-Lille, donde se enteró que a su marido lo habían fusilado el 15 de diciembre en esa misma cárcel. De allí, fue trasladada a la cárcel de Saint-Gilles, al campo de Messun, Groistrelitz, Groisburg, y finalmente, el 1 de diciembre de 1.944 entraba en el campo de concentración de Ravensbrück, como parte de un grupo de resistentes belgas, que llegaban al campo ya organizadas.

En el campo, rápidamente establecieron contacto con las mujeres organizadas clandestinamente, y vieron que quienes llevaban la voz cantante allí eran las francesas, a cuya cabeza se encontraban veteranas luchadoras y partidarias de la causa republicana española. A Estucha le encomendaron la responsabilidad del grupo de mujeres de la región del norte de Francia y de las belgas.

Allí, se reencontró con Charlie (Carlota García), con la que había tenido muchos contactos en España, y con la que tenía una gran amistad, y comenzaron a trabajar juntas en el terreno laboral y en el clandestino. Los breves momentos de descanso que tenían los aprovechaban para recordar sus andanzas por España, y eso les servía para reconfortarse y aguantar el régimen de vida del campo. Gracias a su amistad, Estucha se incorporó al grupo de españolas.

A principios de 1.945, ante el avance soviético, los nazis decidieron evacuar el campo, y uno de los grupos más importantes de mujeres (entre las que estaba Estucha) fueron embarcadas en vagones de mercancías con destino a Mauthausen.
El viaje duró 6 días sin comer ni beber.
Cuando llegaron a la estación de Mauthausen, siguiendo las instrucciones que habían recibido del Colectivo Internacional, se colocaron en columnas de a cinco, con tres deportadas encargadas de sostener a otra dos, de las más débiles, para evitar que se desmayaran y fueran abatidas por los SS o despedazadas por los perros.

Nada más entrar en el campo, se apoderó de ellas un sentimiento de terror al ver las murallas de piedra, y enterarse de que habían entrado en un campo de tercera categoría, reservado para hombres. Las desnudaron, las metieron en la sala contigua a las duchas, y las afeitaron. Lo que las pudo tranquilizar algo fue que allí se les acercaron varios españoles que les dedicaron varias palabras de ánimo, asegurandoles su apoyo, ayuda y protección frente a los kapos alemanes.

Una vez lavadas y desinfectadas, fueron confinadas en las barracas de cuarentena, asiladas del campo central, y enseguida comenzó a funcionar la organización clandestina que llevaban de Ravensbrück, tomando contacto en primer lugar con los clandestinos españoles de Mauthausen, gracias a los que poco después fueron empleadas en los talleres del campo controlados por los españoles. Estucha fue destinada a la lavandería, donde encontró a un oficial de aviación soviético que también estuvo en la guerra de España, y con el que también había trabado amistad.

Unos días más tarde, la jefa de barraca la designó, junto a otras compañeras a ir a la estación de Anstetten a limpiar los escombros producidos por la aviación aliada, bajo los bombardeos. Cada día, al salir del campo pensaban que iban al encuentro de la muerte, por lo que por el camino se iban haciendo unas a otras "testamentos orales". La desmoralización llegó hasta tal punto, que un día se negaron unánimemente a ir a sacar escombros, dejando estupefactos a los SS, que por primera vez tenían un grupo que se les sublevaba. Como castigo, las encerraron en una barraca privadas de comida y agua para que murieran de inanición, pero los españoles se las arreglaron para hacerles llegar cada día varias raciones de sopa.

Por aquellas fechas, llegaron al campo miembros de la Cruz Roja Internacional para organizar la evacuación de deportados franceses, y eso las salvó de ser exterminadas, puesto que se logró que un grupo de españolas (todas las detenidas por actos de resistencia en Francia) fuesen incluidas en la expedición, y el 22 de abril de 1.945, abandonaban el campo, incluida Estucha, temerosas aún de que serían exterminadas por el camino o devueltas al campo en cualquier momento.
Durante el viaje iban admirando el paisaje que cruzaban: "¡Qué contraste, aquellos hermosos y apacibles parajes, con el mundo de horror que dejábamos detrás de nosotras!. Y entonces surgía una pregunta en el acto: ¿Cómo era posible que aquellas gentes, en apariencia tan tranquilas, no conocieses el tremendo genocidio que su Führer y sus secuaces habían cometido en tantos y tantos campos diseminados por toda Alemania?. Era difícil admitir que lo ignorasen".

El 1 de mayo de 1.945 junto a sus compañeras supervivientes, Estucha desfiló en el cortejo organizado en París por los antifascistas franceses, y se dirigió a Lille, donde había sido detenida por la Gestapo, a recuperar a su hijo, que seguía al cuidado de sus amigos.

Regresó a Bruselas, con su hijo, a finales de 1.945, donde reemprendió sus estudios con una beca y se doctoró en la Universidad de Bruselas. Más tarde se instaló en París revalidando sus títulos, y acabó ejerciendo en la región parisina, y como jefe del Centro Médico de Châtillon-sur-Seine.

Bibliografía: El Holocausto de los Republicanos Españoles - Eduardo Pons Prades (Ed. Belacqva)
"Quien todo sabe sufrir, a todo puede atreverse." - Marqués de Vauvenargues
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