
Según avanzaba la
Segunda Guerra Mundial, y conforme el
III Reich se sumía en la desesperación, empezó a tratar a algunos prisioneros de guerra de los aliados como hacía con los soviéticos, especialmente, si estos prisioneros eran de las
unidades de élite que le estaban asestando los peores golpes a los alemanes. Es el caso de
47 prisioneros aliados anexados a la SOE, oficiales jóvenes, que
llegaron a Mauthausen encadenados el 5 de septiembre de 1.944, procedentes de prisiones de Holanda y Francia; suceso del que fue testigo
Juan de Diego.
Esa tarde, llegaron los 47 prisioneros, 39 holandeses, 7 británicos y 1 estadounidense.
Les llevaron al Arrest, donde permanecieron toda la noche, y a la mañana siguiente, cuando los comandos habían salido del campo, se les alineó en los escalones que conducían a las duchas, rodeados por SS entre los que estaban los más sádicos y crueles,
Ziereis, Bachmayer con su perro Lord y Trum con su látigo.
“Adiestrado en la caza del hombre, el perro descubría en el acto a sus presas. Esperaba tan solo la orden para arrojarse sobre ellas. Los ojos del capitán Bachmayer buscaban entre el grupo de prisioneros al hombre contra el que lanzaría a su perro. Pero antes sentía la necesidad de mostrar su propia bestialidad, maltratando y apaleando a los prisioneros, como si ello pudiese servir de estímulo al animal.
Bachmayer se colocó, con su clásica pose de matón, frente al grupo de prisioneros… Un tartamudeo nervioso, seguido de un lenguaje incoherente, transformó al hombre en un monstruo; tras unos instantes de verdadera histeria, se notaba una pérdida de vigor, seguida de espasmos, como si las atrocidades que cometía le produjeran placer sexual.”
Ziereis ordenó a los prisioneros formar f
rente a la oficina del campo, para someterse al registro, y les condujeron látigo en mano.
Ninguno de los 3 Lagerschreiber hablaba inglés, por lo que uno de ellos propuso para la
labor de intérprete al checo Premysl Dobiàs, y comenzó el interrogatorio de Ziereis, que quería saber la misión de los prisioneros, pero Dobiàs, quería conocer sus experiencias en el cautiverio. Los prisioneros daban su nombre, graduación y nº de serie. Los que no respondían a cuál era su profesión, eran golpeados. Y al percatarse Ziereis de que algunos prisioneros contestaban a Dobiàs si que éste transmitiera la información que le estaban dando, y sospechando que le estaban hablando de su experiencia en el cautiverio, le dio un fuerte golpe en la cabeza con el látigo.
Más furioso que nunca,
ordenó que asistieran media docena de barberos para hacerle a los agentes aliados, sin jabón, un “
corte de pelo Himmlerstrasse” de 3 centímetros. Uno de los peluqueros, viendo imposible la tarea, tiró la cuchilla y empezó a usar las tijeras.
“Ziereis ordenó a un barbero que afeitara más deprisa la cabeza de un prisionero con su maquinilla; pero, viendo que el prisionero se esmeraba en cumplir su cometido con humanidad, el comandante se la arrancó de las manos y, asestándole varios puñetazos y puntapiés, le grito: “¡hijo de perra!, ¡Así, así es como lo tienes que hacer!". Y haciendo correr la maquinilla sobre la cabeza del prisionero no paró hasta que, al atascarla con la cabellera, le arrancó el cuero cabelludo. Entonces, los SS se reían a mandíbula batiente de las gracias de su jefe, que soltaba la maquinilla envuelta de cabellos sanguinolentos.
Al caer desmayado el prisionero, Bachmayer lanzó el perro sobre él. Gracias a la rápida intervención e sus compañeros, que lo rodearon y lo protegieron, no murió despedazado. Aquello no era más que el primer acto de la tragedia que se preparaba”.
La sesión concluyó porque Ziereis y Bachmayer decidieron hacer una pausa para comer.

Los prisioneros no había sido registrados en ningún sitio, por lo que Ziereis ordenó al doctor
Kart Helferich (otro prisionero político alemán) que les e
scribiera sus números con rotulador permanente en pecho y hombros, mientras le decía al Lagerschreiber que preparara anticipadamente
sus certificados de defunción, y ordenaba que se
sentenciara al barbero a la Strafkompanie por haber mostrado “insuficiente energía”.
Les pusieron a cargo del
kapo Pelzer, un alemán de triángulo verde, y a primera hora de la tarde,
les llevaron corriendo a la cantera, descalzos, y en ropa interior, después de haberles apretado a la espalda las portadoras de madera que se usaban para subir las piedras desde el fondo de la cantera.
Una multitud de SS se alineaban al final de los escalones, separados del borde del abismo, algunos, incluso con sus mujeres, pues
Ziereis les había prometido “algo especial”.
Se ordenó a los aliados que cogieran una roca, y subieran los escalones a la carrera. Lo hicieron hasta 6 veces, y la escalera se cobró su tributo.
“Los SS habían preparado una gran juerga. Todos los oficiales de servicio y la tropa cubrían la pequeña carretera que conduce hasta la tristemente célebre escalera de 186 peldaños de la cantera de Wienergraben. Allí esperaban al grupo de castigados. Llegados estos a la carreterilla, los condujeron hasta el lugar en que ésta forma una media cornisa, al pie de la cual hay un despeñadero de 40 metros de altura. Al colocarles las portadoras, un SS había mascullado: “ya están listos los paracaidistas”. Apenas los prisioneros llegaron al borde del abismo, desde el fondo de la cantera empezó el tiroteo por parte de los SS. En esa tarde, cayeron 22 de aquellos prisioneros”.
Los SS habían tomado la precaución de
sacar del Búnker a los dos prisioneros que trabajaban allí,
Bargueño y Chacón, y los 25 aliados que permanecían con vida, fueron llevados
a los calabozos del Arrest, donde suboficiales de la
Politsche Abteilung se hicieron cargo de ellos, golpeándoles hasta dejarles inconscientes.
Los cadáveres de los aliados asesinados tenían tal grado de mutilación, que era imposible leer sus números de registro pintados, por lo que Bachmayer aceptó la idea de Juan de Diego de
identificar a los vivos, para saber quienes eran los muertos, y De Diego fue enviado al Búnker. Una vez allí, encontró a los aliados encerrados en dos celdas para una persona, 12 en una y 13 en la otra.
Se les ordenó formar en el pasillo, donde se les pasó revista bajo la vigilancia del supervisor del búnker,
Josef Niedermayer:

“[…] Éste era un sujeto de
mala calaña, cruel y sanguinario, cuya sola presencia nos causaba repugnancia. Abrió los dos calabozos, en los que estaban amontonados los supervivientes, y se expandió un vaho maloliente. Se alinearon como pudieron a las tantas de la noche, esperando sin duda que les matasen allí mismo. Entonces pasé lista, y así se supo los nombres de los muertos. Quiso el azar que, entre los supervivientes, se encontrara un oficial holandés
con el mismo apellido que el del oficial SS (se llamaba Niermeijer). Éste, al oírlo, se abalanzó bestialmente sobre él y, profiriendo los insultos más groseros y asquerosos, la emprendió a puñetazos, puntapiés y vergajazos con él, hasta que le faltaron las fuerzas para seguir aporreándolo. Sus compañeros, para evitarle más golpes, lo metieron de nuevo en el calabozo.
Minutos más tarde los cerrojos volvían a condenar a aquellos desdichados al más lúgubre silencio. Salí del Arrest pensando tantas cosas que mi cabeza no llegaba a contener las emociones de aquella jornada.
Allí encerrados quedaban unos seres horriblemente mutilados […].”
Esa misma noche, el testigo
Joseph Drexel, presenció otro terrible acto contra los prisioneros: un
grupo de Scharführer había invitado a unas cuantas mujeres al Búnker para participar en una
orgía bañada en alcohol. En un momento dado, los sargentos abrieron las celdas y se ordenó a los prisioneros formar con las latas de sus excrementos. Se les obligó a tirar el contenido de las latas al suelo, y recogerlo sin usar las manos. Según Drexel, el asco que invadió a los prisioneros aliados superaba el miedo a los golpes. Se los obligó a usar sus ropas, pero sin limpiarlas. Todo este tiempo
fue una “fuente inagotable de diversión” para SS e invitadas.
A la mañana siguiente, sin haber recibido agua ni comida ninguno de los prisioneros, comenzó de nuevo
el acto final de los escalones, pero esta vez, los prisioneros se dirigieron al perímetro del campo,
corriendo hacia la alambrada de espino, y Ziereis ordenó a las ametralladoras de las torres que pusieran fin a aquello.
Aquella tarde, cuando los demás prisioneros volvieron al campo después de haber presenciado la escena en los escalones, miles de zuecos de madera sonaron rítmicamente
como protesta y homenaje a los muertos.
Por razones que se desconocen, los nombres de los 47 oficiales no fueron introducidos en el Todesmeldung (registro de muertos), por lo que unos días más tarde, algunos SS sin graduación recibieron la orden de
acudir a la Lagerschreibstube y mecanografiar un informe con la lista de los oficiales aliados acusándoles de haber protagonizado una rebelión.
Juan de Diego, esperó el momento adecuado, cogió el papel de calco que habían utilizado (nuevo), los sostuvo frente a un espejo mientras lo copiaba, y escondió la copia.
“Durante dos días el campo de Mauthausen vivió una de las tragedias más horribles que allí se vivieron. Así, los SS dieron, una vez más, la medida de su sadismo y de su cobardía y aquellos gallardos jóvenes aviadores la de su valor”.