Antonio Muñoz Zamora 4

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Mauthausen
Cuando se abrieron las puertas de los vagones de mercancías del tren en el que iban como ganado, quedaron atrapados en una pesadilla atroz.
Una vez fuera del tren, recorrieron a pié los 8 kilómetros que separan la estación del campo de Mauthausen, vigilados por los miembros de la SS dispuestos a matar a la 1ª ocasión.
Muchos de ellos no llegaron a atravesar las puertas del campo, bien porque les fallaron las fuerzas, bien porque fueron golpeados por los SS. A pesar de ser un grupo numeroso, para Antonio, aquellos 8 kilómetros, fueron los más tristes y solitarios de toda su vida.

Nada más traspasar la puerta, ya de noche, se tuvieron que desnudar y permanecer de pie, pegados a un muro de piedra. En ese momento un Ss se acercó y les dijo: "Aquí se entra por la puerta y se sale por la chimenea. Os recomiendo que utilicéis la alambrada de la entrada. Así sufriréis menos y será más rápido...".

Les formaron en grupos de 5, y les tuvieron de pie, bajo un intenso frío, toda la noche. En un momento dado, pasó rápidamente un preso español cerca de Antonio diciéndole que no se preocupara, que sabían que estaba allí y no le dejarían solo.

Al amanecer fueron por grupos a las duchas. Les rociaron con unos polvos abrasivos para "desinfectarles" y les ducharon con agua fría vigilados por guardias ametrallados. Seguido, le afeitaron el vello de todo el cuerpo y le cortaron el pelo al cero, rapándole a continuación con una cuchilla una franja en el centro de la cabeza. Tras el afeitado, volvían a desinfectarles con brochas, pero esta vez, recreándose con el producto abrasivo en las partes en las que mas podían humillarles...

A continuación les dieron la ropa: un calzoncillo, un pantalón, una camisa, y una chaquetilla (que no todos recibían) y unos zuecos de madera que eran como andar descalzo, pero más incómodos. Después, les llevaron a los barracones de cuarentena.

Durante la cuarentena, dormían sobre el suelo de madera. Por la noche los sacaban a la intemperie donde debían permanecer inmóviles, y desnudos. Tras la formación, entraban de 1 en 1 a la barraca y se subían a un taburete, donde un SS les hurgaba todas sus partes en busca de piojos.

La única persona con la que Antonio pudo cruzar algunas palabras durante los primeros días de su estancia en en el campo fue Manolo, una catalán, barbero de la barraca y gracias a él pudo superar las atrocidades que veía cometer a los capos, como la violación de los presos mas jóvenes.

Estando en la cuarentena, Antonio había oído hablar de la cantera de Mauthausen, y las atrocidades que había escuchado despertaron su curiosidad, y un día se ofreció voluntario para ir a trabajar allí.

Ese día, subió los 186 escalones cargado con la piedra 2 veces, y fue mas que suficiente: cuando tenían la piedra, debían formar en filas de 5 personas y nadie podía moverse hasta que llegaba el último, momento en el que iniciaban el ascenso, teniendo que esquivar, ademas de subir la piedra, a los los SS que, por diversión, lanzaban a los perros contra los presos, o utilizaban el método de "los paracaidistas": cuando el preso llegaba arriba con la piedra, los SS le obligaban a lanzarse al vacío, 50 metros de caída vertical.

Al volver por la noche a la barraca, el barbero le gritó que no volviera a ofrecerse voluntario: "Nosotros, los comunistas, hacemos mucha falta en Mauthausen. Somos el alma de la organización clandestina que mantiene la resistencia dentro del campo y no podemos permitirnos perder a gente. ¡Así que ya sabes!".

Su encuentro con Manolo determinó su entrada en la organización clandestina. Los republicanos españoles eran el núcleo de la resistencia más potente y eficaz dentro del campo. Su moral y solidaridad llegaban donde se necesitaran. Su experiencia combatiente les llevo a liderar el carro de la rebelión silenciosa, pero había que esquivar a los chivatos. Estaban siempre al acecho para evitar a tiempo una muerte, un castigo o un suicidio.

Para alejar a Antonio de la disciplina del campo, Joan de Diego le informó de que estaba destinado a talar árboles fuera del campo. La red de la resistencia era una telaraña que atrapaba información constantemente, y podían asignar a algunos presos a comandos de trabajo menos severos.

De Diego le presentó a Antonio a su contacto en el aparato militar, un catalán, que fue quien le encomendó su primer trabajo: en el crematorio, echaban los cuerpos por una pequeña ventana para facilitarle el trabajo a los presos encargados de incinerarlos, y un día, el catalán le dijo que algo estaba pasando con los muertos, que fuera a ver y lo comprendería, y que en ese momento sabría qué hacer.
Antonio se acercó a la pila de cuerpos, esquivando los detalles y las identidades, pues sin identidad era algo menos difícil... Dió una segunda vuelta a la pila, más pausada, mirando con más atención, y aquella visión junto a todo lo que pudo imaginar traspasó la coraza infranqueable que había tejido a su alrededor al cabo de los años, hasta que, de repente, vio que era lo que estaba pasando.... un  grupo de unos 10 rusos, con aspecto de "fantasmas", estaba haciendo un círculo, comiéndose uno de los cuerpos.
Antonio intentó espantarles como a los cuervos, le quitó la navaja al ruso que la tenia, e intentó convencerles de que dejaran de hacerlo, pero todo fue inútil.
Cuando un médico español que colaboraba con la resistencia, denunció lo que estaba pasando ante el oficial encargado del Revier, éste contestó: "pues que sigan comiendo. ¡Tendréis carne hasta reventar!".

El comando al que destinaron a Antonio, se llamaba Saint Migtein. Su principal tarea era talar los árboles de una zona boscosa a 50 o 60 kilómetros del campo, para usar esa madera como combustible para los gasógenos del parque móvil de Mauthausen.
A las 5 de la mañana les levantaban, les hacían formar en la plaza, y les metían en un camión para llevarles al bosque.
Tenían que encaramarse a una montaña y talar los árboles. Los troncos talados no podían medir mas de un metro, y después tenían que cortarlos en 4 trozos iguales. Trabajaban en parejas. Cuando apilaban una buena cantidad de troncos, los lanzaban montaña abajo hasta la orilla del Danubio. Si alguno se atravesaba u obstruía el cauce, los presos tenían que bajar a solventar el problema.
Un día, estando Antonio intentando mover uno de los troncos atravesados, vio bajar rodando hacia él, otro.... el golpe le arrastró varios metros y le dejó inconsciente, siendo un accidente tan sorprendente para todos, que el jefe del comando le autorizó a sentarse con ellos a comer delante del fuego. Esto impactó tanto a Antonio que apenas sentía el dolor del golpe.

En Mauthausen era muy difícil hacer un ritual para racionar la comida, porque los trabajos forzados exigían muchas calorías. Cuando estaba en el bosque, en cuanto sus vigilantes se despistaban un poco, escudriñaban el suelo en busca de gusanos que por la noche echaban en la sopa que les daban.

Antonio trataba de esquivar la muerte parapetado tras un natural optimismo que le llevaba a pensar que no todos podían morir allí.

Por las noches, muchos presos eran introducidos dentro del mismo camión que les llevaba al bosque, y para los SS era un juego gasearlos con el tubo de escape. Nadie podía hacer nada.

En el comando, Antonio trabó amistad con un ruso, al que veía a diario y con el que hablaba cuando estaban talando arboles, hasta que una mañana apareció tendido sobre la nieve.

Antonio estuvo días callado y taciturno, siendo evidente su pena...
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Antonio Muñoz Zamora 3

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Dachau
En Compiègne, en junio de 1.944, metieron, a patadas, en un vagón de tren, pequeño, sin ventanas ni asientos, a más de 100 personas con destino a Dachau.

El viaje duró tres días y dos noches, teniendo que respirar lo justo porque se agotaba el oxígeno, pasando mucho calor, perdiendo incluso, a veces, la consciencia, y aglomerados hasta el punto de ver solo "carne". Los alemanes les dieron una ración de pan, y un trozo de salchicha, pero nada de agua. Cuando la masa humana se desplazaba, aplastaba a quien estaba junto a alguna de las paredes del vagón, el resto, "volaba".

Para sus necesidades, tenían una lata roja de 5 litros para todo el vagón, por lo que era inútil...
No sabían si era peor el silencio, que permitía oír los gemidos o el llanto colectivo, o que alguien se pusiera a gritar volviendo loco al resto. Las paradas del tren eran aún peor, duraban cerca de 10 horas, pero no les dejaban salir del vagón, permanecían dentro, aguantando como podían, los que podían. Un general francés que iba en ese mismo vagón, gritó que nadie comiera. Los que le hicieron caso, como Antonio, se guardaron el pan y la salchicha en el bolsillo, y evitaron deshidratarse aún mas.

En una de las paradas, un ferroviario alemán les lleno la lata de excrementos de agua, lo que les dio igual, algunos se quitaron una bota que llenaron de agua y la fueron pasando al resto.
El viaje era para no llegar vivo, pues por aquel entonces los campos estaban a rebosar y los hornos crematorios no podían incinerar cadáveres al ritmo que asesinaban los SS, no había tiempo para enterrar a tantos en las fosas comunes y había que economizar la maquinaria exterminadora dentro de los campos, y repartir a los muertos.

El siguiente convoy que salió de Compiègne llego a Dachau cargado de cadáveres. Quien no murió aplastado por la masa, murió deshidratado, y otros, se mataron entre ellos desquiciados por la sed, que los convirtió en salvajes.

Al llegar a Dachau, les recibió a pedradas una multitud formada en su mayoría por mujeres y niños, atraídos por la noticia de la llegada de los terroristas extranjeros.
Extenuados por el viaje, salieron, los que fueron capaces de hacerlo, del vagón, escuchando los gritos de la jauría humana, tratando de esquivar las piedras. Muchos de los que habían logrado salir con vida del tren no pudieron resistir el recibimiento.

A pocos kilómetros del campo de Dachau, Antonio vio a los primeros presos, vio por primera vez los trajes de rayas, las cabezas rapadas, los distintivos, y los cuerpos cadavéricos de los que percibía su agitación, nerviosismo y terror a los SS.

Al pasar por una obra, vieron una barrica con agua y se lanzaron a beber. Los SS cargaron contra el grupo que intentaba beber con tal saña que mas de la mitad cayeron heridos.

Dachau era un campo de primera categoría, es decir, diseñado originalmente para adiestrar y rehabilitar, no para exterminar, aunque se cometieron muchas atrocidades igualmente.

Lo primero que vio Antonio al entrar en el campo fue la Apellplatz, el patio central. Estaba hecho un barrizal por las lluvias y sin pensarlo se tiraron todos al suelo a beber mientras los SS se divertían viéndoles como animales.

Dachau fue el primer stalag que albergó a presos. Cuando Antonio llegó era grande y viejo, rodeado de alambradas eléctricas. Allí solo comían nabos, remolachas, un trozo de pan y un cazo de agua sucia por persona.
Los jueves, les daban una patata cocida, y era el mejor día de la semana en el que incluso bromeaban llevados por la alegría. Antonio se iba aparte y se recreaba durante el ritual de comer la patata.

En Dachau, le asignaron una barraca liderada por un capo ruso, condenado por delitos comunes, tan sádico como los ss, que se jactaba de haber matado muchos españoles por el simple placer de matar.

Antonio pronto averiguó qué era una construcción maquiavélica con una chimenea prominente, que el pensaba formaba parte de una fábrica abandonada: "El olor a carne chamuscada que inicialmente despertó el rugido de nuestras tripas carentes de alimento, se convirtió, una vez destapado el pastel, en una sombra pegajosa adherida a nuestra alma".

Los cadáveres eran transportados en carretillas hasta el horno, donde los apilaban en montones junto con los muertos en vida que, agonizantes, eran lanzados allí, por error o intencionadamente.

Durante días, Antonio trató de serenar su alma entonando sus canciones, hasta que fue consciente de lo que allí sucedía... "Desde entonces soy el mismo, pero otro".

Dormían dos hombres por cama. Seis por litera.

Las primeras semanas las pasó sin hacer nada. A eso de las 7 de la mañana les sacaban a la plaza, y ahí permanecían durante horas, inmóviles, bajo el sol.
Tras tres semanas, Antonio fue enviado en un comando de trabajo a Munich a desenterrar las bombas de los aliados que no habían explotado. Trabajaban en parejas, y a Antonio le toco un simpático joven de Ciudad Real, con el que pudo reavivar su buen humor y reanudar sus canciones y silbidos.
A mediodía les daban de comer en una cantina, momento en el que volvían a sentirse un poco mas personas por poder comer con platos, vasos y cubiertos.

Tras el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1.944, no volvió a Munich, al comando.
Durante tres días, los alemanes hicieron una "limpieza étnica" en el campo, convirtiéndolo en un matadero frenético, tras los cuales, empezaron a organizar grupos a los que hacían desfilar fuera del campo, y no volvían.

El 5º día, Antonio entró a formar parte de uno de estos grupos. Fue el único español seleccionado. El miedo se apodero de el.

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Antonio Muñoz Zamora 2

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Tras la invasión. Antes de la deportación.

Estando en Argèles, un republicano del campo informó a una grupo que había un barco vacío en Port Vendres, llegado para cargar piedra y partir de nuevo a hacia Inglaterra. Ante el temor a ser capturados por los alemanes en el Campo, les inundó un rayo de esperanza pensando en la posibilidad de huir en ese barco, por lo que esa noche, un grupo de 30 o 40 reclusos, burlaron la vigilancia del Campo y pusieron rumbo a Port Vendres, pero por el camino, un grupo de campesinos les confundió con paracaidistas alemanes, y acabaron la noche en la cárcel de Collioure.A la mañana siguiente, los gendarmes les metieron en un camión, y les llevaron de vuelta a Argèles.

En Cornellà de la Rivière, las inundaciones destrozaron muchas tierras, lo que provocó que los vecinos del pueblo se acercaran a Argèles a buscar trabajadores para que les ayudaran con sus tierras. Antonio fue escogido por un campesino con una pequeña parcela, con el que vivió "como un rey", ayudándole en sus viñedos.
La compañía de trabajo a la que pertenecía Antonio, con 30 hombres, dormía en un caserón asignado a ellos en Cornellà de la Riviére, y se alimentaban a base de gatos, y algunas patatas que conseguían robar en el campo. Estando allí, seguían con la idea de escapar, pero las posibilidades de fracaso eran muy altas.
Cinco días después de que Pètain capitulara ante Hitler, los alemanes tomaron Cornellà de la Rivière por teléfono, y a las 10 de la mañana, llegó el primer camión de soldados alemanes, y junto a ellos, el teniente francés que había estado al mando de las labores como presos de la compañía de trabajo, que les señaló para que fuesen apresados.

Les metieron en el camión, y les llevaron a un pueblo cercano donde les esperaba un tren con rumbo a varios puntos: Nantes, Saint Nazaire, Lorient y Brest. Antonio fue a parar de nuevo a Brest, al campo de Sainte Anne.
Cada mañana caminaban 10 kilómetros desde el campo hasta la base submarina, custodiados por los capos y los SS, donde trabajaban sin descanso el día entero recibiendo a cambio solo algo de comida en la cantina, presidida por un cartel que decía "El que trabaja debe comer".
Por la noche, de vuelta en el campo, tenían que observar impotentes como los SS, para divertirse, sacaban a los judíos de las filas y los hacían meterse en el mar, lo que provocó que muchos de los que se acostaban mojados, no despertaran al día siguiente.

Una mañana de 1.941, un oficial de la SS les hizo formar, y metió a todos los amigos de Antonio en un camión para enviarlos a Jersey, isla que los alemanes utilizaban como matadero alejados de miradas y testigos. Todos fueron ejecutados allí. Antonio se libró, porque el jefe del grupo de encofradores de la base submarina le había cogido simpatía y convenció al oficial de la SS de que era un trabajador insustituible.

En 10 de junio de 1.941, es trasladado a Mont Barré, un campo más cercano a la base submarina, pero mucho peor que el anterior, sobre todo por la crueldad de uno de los altos jefes de la SS, que había sido espía de Hitler en el ejército republicano español durante la guerra civil, que aniquilaba sin descanso a todos los presos republicanos españoles en los campos. Nadie hablaba para no ser reconocido.

Durante el tiempo que permaneció en Brest haciendo trabajos forzados, Antonio vio morir a muchos, en accidente laboral, ejecutados a sangre fría por los SS, o arrojados a los perros y después rematados por los SS, por lo que se convenció de que tenia que escapar de allí y una noche lo consiguió.

Tras más de media hora arrastrándose por las oscuras calles de Brest, llegó a casa de Fernando Royan, un malagueño al que había conocido en Argéles, y al que después encontró en Brest, que le había dicho que si alguna vez escapaba fuera a buscarle, y fue quien le dio cobijo y le ocultó. Dos meses después, tras falsificar su documentación, Antonio encontraba trabajo en una empresa francesa como carpintero, trabajando en la base submarina. Rápido le llegaron panfletos antifascistas prohibidos, que eran el llamamiento a la resistencia elaborado por el partido comunista de Francia, y durante meses, se encargó de distribuirlos clandestinamente en el interior de la base.  Esta actividad le resultaba reconfortante por ver cómo cargaba de moral a aquellos que clandestinamente leían el mensaje, y poco después fue a buscar al jefe de la resistencia española en Brest, Antonio Moreno, para unirse a ellos.

Cada día tras la puesta de sol se reunían en casa de Moreno. Su primer trabajo en la resistencia fue cortar la línea telefónica de una empresa alemana de carpintería metálica en la que reparaban los camiones del ejército nazi. El sabotaje era la esencia de sus acciones, pequeños al principio y llegando a dejar incomunicado al Estado Mayor de la Alemania nazi en Brest durante varias horas.

Durante una temporada, Antonio intentó reclutar más adeptos a la causa, pero no lo consiguió.
Un día Moreno les comunicó que el grupo de la resistencia española en Rennes había sido detenido, y temían que la Gestapo les hubiera identificado, con lo que su nueva misión pasaba a ser el no ser detenidos.

El 28 de marzo de 1.944, cinco agentes de la Gestapo entraron en su casa sin hacer ruido, y le detuvieron. Le metieron en un camión en el que se encontró con todos sus compañeros, menos con uno, José Borrás, que resultó ser un espía nazi infiltrado, y el que los vendió a cambio de un salvoconducto del III Reich para volver a España.

De las instalaciones del Estado Mayor en Brest, trasladaron a los detenidos a Pontagnoni, la cárcel militar marina. Allí estuvieron 5 días seguidos sin comer, totalmente incomunicados, y a oscuras, hasta que el quinto día les permitieron dar un paseo de 20 minutos por el patio. En Pintagnoni permanecieron dos semanas, y de allí, les llevaron en tren, en un vagón de carga a la cárcel de Rennes, un centro de máxima seguridad.
A esas alturas, los españoles ya habían sido tachados de "terroristas" e "irrecuperables".

En esta cárcel, Antonio comenzó a dejar de sentir miedo, y adoptó al humor como compañero, comprobando cómo su moral era contagiosa para el resto.

Poco tiempo después de ingresar en Rennes, fue trasladado a Compiègne, campo en el que se hacía "la purga" y se clasificaba a los presos antes de deportarlos a los campos de concentración o de exterminio en Alemania. El trato a los presos era brutal, pero Antonio seguía de buen humor. A los pocos dias, el 18 de junio de 1.944, identificado con el número 37951, fue deportado al campo de exterminio de Dachau.

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Antonio Muñoz Zamora 1

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Como continuación a la entrada sobre el libro "Mauthausen 90.009", comienzo la historia de Antonio Muñoz Zamora, superviviente al campo de Mauthausen.


Antes de la invasión:
Comienza la historia de su vida narrando cómo el primer envite que le lanzó la muerte le sorprendió cuando tenia apenas dos años, allá por 1.921, cuando víctima de una fiebre repentina, es amortajado e introducido en un pequeño ataúd. Tras velarle y llorarle durante horas familiares y vecinos, una amiga de la familia quiso contemplarle por última vez, y al descubrirle la cara, Antonio gritó: ¡pan!... se le había abierto el apetito.

Su infancia fue normal, igual a la de cualquier niño de la época, trabajando más adelante como albañil haciendo chapuzas primero, y después en la construcción, en la obra de la carretera Almeria-Enix. Fue también aprendiz en una imprenta, que es donde aprendió a leer y escribir, hasta que presenció el asesinato de "El Santo", hecho que le marcó.

El segundo envite de la muerte le llegó tras un baño en la playa del Zapillo, cuando cogió su segunda pulmonía, pero dos meses después estaba recuperado.

En España, la gente empezó a pasar muchas necesidades, y Antonio empezó a rechazar un sistema que le resultaba injusto y del que no quería formar parte.
Cuando llegó la Guerra Civil, se alistó en el ayuntamiento para defender al Gobierno Republicano, mintiendo sobre su edad, apoyado por su padre, y aceptado sin remedio por su madre. Tenia 16 años, dijo tener 18.

Durante la guerra, cayó herido en Brunete, y durante el permiso que le dieron, volvió a su casa. Fue la ultima vez que vio a sus padres.

Cruzó la frontera con Francia el 9 de febrero de 1.939, junto al resto de combatientes republicanos. Entrando en Francia, con el consentimiento de ese país, el recibimiento que obtuvieron le resultó como una doble bofetada, la primera porque ver cómo les esperaban los gendarmes le resulto un golpe a su esperanza, y la segunda, porque uno de los gendarmes, sin motivo, se acercó a él y le abofeteó.

Los dos primeros días, permanecieron en un descampado de Le Boulou, donde pudieron comer gracias a las conservas y algunos alimentos básicos que llevaban los camiones republicanos que pudieron entrar en Francia. A los dos días, emprendieron una larga caminata hacia el campo de Argèles.
Al llegar al Campo, no había nada para refugiarse, ni nada para comer, solo alambradas, las ametralladoras con las que les vigilaban los senegaleses que estaban allí, y playa.

Canciones irónicas les apuntalaban la moral, y ayudaban a deshacer nostalgias, pero la supervivencia era otra cosa. Antonio sobrevivió gracias a una manta que tenia su amigo Rafael Méndez Morenos, que compartían para resguardarse del frío.
En Argèles concentraron a los integrantes del Ejército Republicano Español, pero también a mucha población civil. En una zona aparte había muchas mujeres con hijos pequeños, y separados por una alambrada, un grupo de cubanos que combatió contra la sublevación franquista.

Del campo no salia prácticamente nadie, pero a veces los gendarmes organizaban grupos y llevaban a los hombres a trabajar fuera, retornando al final del día.
Un tiempo después, desde el campo de Argèles, les trasladaron al de Barcarés, campo algo más organizado que el del que llegaban.
Tenía filas de barracas (islotes), y al menos dormían bajo techo. En este campo solo había españoles. Se reunían en la playa a hablar y se permitían tener mayor actividad política. Estando en Barcarés, se afilió al partido comunista.

De Barcarés, les llevaron de vuelta a Argèles. En esta segunda visita, el campo estaba algo más organizado. Se había distribuido por sectores, y en cada uno de ellos había un responsable español. Vivían en barracas, y eran los encargados de distribuir los alimentos que les empezaban a dar.

El gobierno francés, desbordado por la situación, decidió crear las Compañías de Trabajadores Extranjeros, en las que los españoles aportaron su mano de obra.

Estando en Argèles, encontró gente a la que conocía, como por ejemplo al comandante de su batallón, por cuya recomendación casi es fusilado por hablar e intercambiar tabaco con los soldados de una trinchera enemiga, y que al encontrarle, le pidió su perdón.

Tras otra temporada en Argèles, fue trasladado de nuevo, esta vez al campo de Bernet D'Arige, lugar de castigo donde les daban de comer un día si y uno no.

Estando en Bernet D'Arige, un grupo de amigos decidieron alistarse a la Legión, con la intención de fugarse del tren en el que les subirían para el traslado, pero los vagones estaban sellados y los policías les vigilaban, con lo que no pudieron cumplir su objetivo.

Al llegar a Marsella, la Legión no les aceptó, solo uno de ellos fue considerado apto, pero no fue Antonio.


De vuelta en Argèles,  una compañía llamada Dodin seleccionó unos doscientos hombres y les llevaron a Brest, como integrantes de las Compañías de Trabajadores Extranjeros. Allí, Antonio trabajó en un grupo en el que no había más de 15 españoles, como empleado de la construcción en el puerto,  y estuvo bien alojado en una casa grande que les proporcionó la empresa, aunque no tenían permitido pasear por la ciudad, hasta que un día, el subprefecto de Brest autorizó a la empresa a que en días alternos permitiera al grupo salir a pasear, dividido en dos, cada día podría ir a la ciudad una mitad.

En una plaza de Brest, había una gran pizarra donde el periódico El Telegrama renovaba con frecuencia las últimas noticias sobre la guerra mundial, y Antonio iba allí siempre que podía.
Uno de esos días, se disponían a leer el parte de guerra, cuando se encontraron con la noticia: "Francia ha sido invadida por los alemanes".

Angustia y tristeza es lo único que tenían. Y unos días después, no se sabe si por un doloroso equívoco o por una injusticia planeada con frialdad, un grupo de españoles fue detenido, acusados de alegrase de la invasión de Francia por el ejército. Les expulsaron de Brest, y, como castigo, debían volver a Argéles-sur-mer.
Hasta los policías sabían que la acusación era falsa, por lo que no entregaron el informe del subprefecto de Brest a la gendarmeria de Argèles.

Cuando llegaron de nuevo a Argèles, ya no quedaban tantos españoles. A muchos se los habían llevado.
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Las mujeres españolas en la Resistencia francesa

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La participación española en la Resistencia francesa ha sido tapada durante mucho tiempo, siendo ignorada para convertir a los franceses en los luchadores indiscutibles, pero hubo mucha presencia española entre sus filas. Y si esta presencia fue tapada, la de las mujeres fue totalmente ignorada, pasando a ser protagonistas invisibles.

Cuando estalló la II Guerra Mundial, las mujeres españolas ya sabían mucho de guerra, y aquellas que habían huido al exilio tendrían que seguir con su lucha por la supervivencia, situación que empeoraría con una orden de abril de 1.940, que decretaba el cierre definitivo de todos los albergues, donde por la presión de las autoridades francesas se tuvieron que debatir entre regresar a España (desde donde llegaban noticias de que se había desatado una brutal represión), reemigrar a terceros países (no siempre estaba al alcance), o iniciar en Francia una vida en la clandestinidad (situación difícil por no ser un colectivo interesante para la economía nacional).

Algunas trabajaron en el campo, otras como criadas, y las menos en fábricas, donde muchas de ellas sufrieron explotación y vejaciones por parte de sus patronos.

En marzo de 1.941 fueron las primeras que, conocedoras de las duras condiciones de los campos franceses en África, se rebelaron contra la decisión de las autoridades francesas de trasladar a los brigadistas del campo de Argèles al norte de África. Según Ana Pujol "los hombres vacilaban y no se atrevían, temiendo las consecuencias del levantamiento. Y las mujeres decidimos llevar nosotras la lucha (...). Fue el campo de mujeres el que se levantó, en una protesta tan unánime y violenta, que las propias fuerzas que nos guardaban cogieron miedo. En pocos minutos, la avalancha de mujeres avanzando hacia el reducto donde se intentaba sacar a rastras de sus barracas a los internacionales rompió las alambradas y lo arrolló todo".

Tal y como relata Neus Catalá, no fueron simples auxiliares, fueron combatientes...."De nuestro sacrificio, de nuestra sangre fría, de nuestra rapidez en detectar el peligro dependía a veces la vida de decenas de guerrilleros". Las mujeres se incorporaron a las filas de la resistencia como enlaces, en las redes de evasión, transportando correo, municiones, armas o mensajes, cobijando a perseguidos por la Gestapo y la Milicia francesa, confeccionando o distribuyendo prensa clandestina, o empuñando armas en batallas como la de La Madeleine. Eran conscientes del peligro que corrían y las probabilidades que tenían de caer, pero lo veían como un deber a cumplir. Algunas sentían la lucha como propia, y su trabajo en la Resistencia se convirtió en el centro de su existencia.

Las mujeres tuvieron una aportación decisiva en la lucha. La infraestructura de todo tipo de resistencia fue creada principalmente por mujeres, pero al estar desarmadas estaban a merced de sus perseguidores. Muchas de ellas fueron ejecutadas por su trabajo en la Resistencia, torturadas por negarse a delatar a un compañero, o deportadas a los campos de concentración o exterminio, pero el simple hecho de ser mujer fue motivo suficiente para no ser vistas y para que su importante contribución a la Resistencia fuera ignorada. Además, a diferencia de los hombres, tuvieron que compatibilizar su trabajo en la Resistencia con su papel de madres, manteniendo la familia. Trabajaban, criaban a sus hijos y hacían la Resistencia.

También hubo menores de edad, y algunas tuvieron problemas con algunos compañeros. Les decían que eran muy jóvenes para ingresar en el partido, pero después les daban trabajos de enlace. A veces, los hombres no veían con buenos ojos la presencia femenina en la guerrilla, pero aun con estas reticencias, algunas mujeres llegaron a ocupar puestos importantes en el organigrama guerrillero, como Regina Arrieta que perteneció a la dirección del MOI (Mano de Obra Inmigrada) en Toulouse, o Nati Molina "La Peque" que formaba parte del Estado Mayor de la Agrupación de Guerrilleros Españoles.

La labor de estas mujeres jóvenes y anónimas como enlaces fue fundamental (labor que requería una gran resistencia moral y física). Aseguraban las comunicaciones entre los diversos grupos guerrilleros, recorrían a veces más de 100 kilómetros para transportar un parte o una orden militar, llevar municiones, armas, dinero, cartillas de racionamiento, etc...Los recorridos los hacían principalmente a pie o en bicicleta ya que los autobuses eran sometidos a constantes inspecciones. También eran utilizadas para transportar explosivos  que servían después para destruir vías de comunicación. Estas españolas además, se encargaban de mantener refugios seguros donde esconder o curar a los perseguidos por los nazis o la Milicia francesa ("Los Quemados"), refugios que, ademas, servían para guardar papeles falsos, salvoconductos o instrumentos para la impresión de octavillas o prensa clandestina. Muchas mujeres realizaron sabotajes en las fabricas alemanas en las que trabajaban.

Esta presencia femenina fue importante de igual modo en las cadenas de evasión, una de las primeras formas de resistencia contra los nazis, redes que ayudaban a perseguidos a atravesar por diversos pasos de montaña la frontera pirenaica. Una de las más importantes fue la creada por el oscense Francisco Ponzan (en la resistencia, Fraçois Vidal) que formaba parte de la red Pat O'Leary, organizada por los servicios secretos ingleses para sacar de territorio francés a los aviadores británicos que caían en Francia. Pilar Ponzan, hermana del fundador fue también miembro de esta cadena junto a Alfonsina Bueno Ester y Segunda Montero.

Pese a su contribución a la liberación de Francia, su presencia ha sido obviada o han quedado relegadas a meras auxiliares en una historia protagonizada por los hombres.

Jose María Alvarez Posada (Celso Amieva) escribía una carta a su amigo Eduardo Pons Prades para que incluyera en su libro un poema que sirviera de homenaje a las mujeres que reconocía "con frecuencia hemos olvidado. Sin ellas, bien lo sabes, nosotros, los valientes, los heroicos guerrilleros, nos hubiéramos hundido moralmente más de una vez y, en el plano digamos operacional, pegado más morradas que pelos tenemos en la cabeza. Por eso te envío estos versos dedicados a las muchachas del maquis".
Las primeras líneas de su poema dicen: "Quiero nombrar aquí a las compañeras abnegadas y anónimas, enlaces y escuchas, auxiliares y guerrilleras o heroicas enfermeras, valientes y eficaces".


"Los que han querido confinar a la mujer al simple papel de auxiliar de la Resistencia, se equivocan de guerra" - André Malraux
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Eduardo Castelltort, el agente que descubrió el entramado nazi.

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Eduardo Castelltort, nacido en el barrio barcelonés del Poble Sec, fue el agente de la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) norteamericana, que, con escasos medios, descubrió el entramado de los espías nazis en España. Falleció a los 66 años sin que su familia conociera una parte muy importante de su vida, sin ningún homenaje público o reconocimiento, después de vivir décadas en silencio, guardando en secreto que él y sus colaboradores descubrieron la trama de los servicios nazis en España durante la Segunda Guerra Mundial. Un acto por el que fue considerado como héroe de guerra por la inteligencia norteamericana, pero cuyos detalles han permanecido durante décadas guardados entre miles de documentos secretos en los archivos NARA (National Archives and Record Administration).

La OSS fue una agencia de inteligencia norteamericana, montada durante la Segunda Guerra Mundial, considerada la predecesora de la CIA (Agencia Central de Inteligencia).

Durante la Segunda Guerra Mundial se desarrolló una guerra encubierta, ignorada, en territorio español, convertido en un nido de espías en el que los servicios de inteligencia aliados y los nazis se enfrentaban con la ayuda de numerosos españoles y del propio gobierno, pese a que primero se declaró no beligerante y después neutral.

Entre los miles de documentos relativos a España y la Segunda Guerra Mundial guardados en los Archivos NARA hay informes robados en la Dirección General de Seguridad franquista, que se diferencian de los archivos secretos norteamericanos, en que los españoles tienen menos sellos oficiales, códigos y referencias para su archivo y control, pero también aportan sus detalles. Uno de los comunicados guardados por EE. UU. informa de la desarticulación en Barcelona de una red de espionaje española que trabajaba para los aliados. En 1.944 (el documento en EE.UU figura como archivado ese año) los agentes estadounidenses se hicieron con la copia de un informe, realizada con papel carbón, escrito con una máquina de escribir de impresión irregular y que carecía de la letra eñe. Se trata de una nota interna sobre el descubrimiento de una organización de espionaje al servicio del consulado norteamericano de Barcelona "encabezada por Eduardo Castelltort" del que, escribieron, "es el que directamente dirigía todo el grupo". La utilización del pretérito "dirigía" permite descubrir que al redactarse la nota, los espías ya habían sido detenidos. Cuando los norteamericanos consiguieron el papel, sabían que su montaje había sido descubierto, pero la red catalana ya había hecho un trabajo de espionaje tan sorprendente como realmente extraordinario.

El funcionamiento de la red era de la siguiente forma: bajo las órdenes de Castelltort se encontraba Martín Torrens, encargado de reclutar agentes para efectuar servicios de información y vigilancia. Bajo las ordenes de Torrens estaba José Manteca, encargado de los aparatos de radio y emisoras clandestinas, y José Godofredo Roig, responsable de sacar fotografías a todos los alemanes de la Gestapo, del Servicio Militar alemán, y demás personas que el servicio necesitaba para obtener fichas.

Estos tres agentes eran el eje central de la organización catalana, pero con ellos colaboraban al menos otras diez personas que se enumeran en la nota encontrada en el NARA como "agentes informadores". Unos hombres que tenían a su disposición un curioso manual del buen espía de la OSS, que incluía "trucos" como sólo volverse atrás para ver si te siguen cuando pase una señorita.

Los logros obtenidos por estos agentes fueron destacados con alarma por los servicios de información franquista y tuvieron una importancia estratégica vital para los aliados. El autor de la nota dejo por escrito que "la cantidad de servicios hechos por esta red son incalculables".

La red de Castelltort hizo un croquis de todos los emplazamientos de las baterias costeras del litoral español, un estadillo de las fuerzas militares desplegadas en el pais, informó a los aliados del movimiento de todos los barcos en todos los puertos españoles, y de la producción de empresas como Elizalde e Hispano Suiza que en aquellas fechas fabricaban motores de aviación. Controlaban además las materias y mercancías que se enviaban a Alemania, y el material de guerra suministrado a España, pero el descubrimiento más valioso de la red se nombra al final de la nota: "El servicio más importante realizado por este grupo de información ha sido el de descubrir toda la organización secreta alemana en España, tanto militar como de la Gestapo, habiendo fichado a todos sus agentes".
Para lograrlo, vigilaron casas comerciales y las organizaciones alemanas que se camuflaban bajo empresas tapadera muy difíciles de localizar, pero ellos lo lograron, y obtuvieron fichas y domicilios de cada uno de ellos, figurando entre estas fichas tambien la del Jefe de Información español, capitán Chamorro.
Los datos de la organización eran recogidos por Javier Esteller quien a través de Carrau los entregaba al Consulado de EEUU en Barcelona.

Esta red, además, extendía su trabajo hasta Francia, donde se veían con la resistencia para obtener información, donde el contacto que se nombra es Pierre Michel. Información que traían de regreso a España para entregarla al consulado de EEUU. Para atravesar la frontera, ellos mismos se proveían de salvoconductos (laissez-passer) con los que los agentes atravesaban el Pirineo por Sant Joan de les Abadesses y llegaban a todas las regiones de Francia.

La red Castelltort cayó a finales de febrero o durante la primera semana de marzo de 1.944, fechas en las que, según todos los indicios, fue descubierta por la policía franquista, y sus integrantes fueron a parar a la cárcel Modelo de Barcelona bajo vagos cargos de actividades contra un régimen que no quería que trascendiera que realmente los había encerrado por espiar para los norteamericanos. Así, bajo el epígrafe "espionaje norteamericano" escrito en mayúsculas, el funcionario redactor informaba a un superior no identificado que acababa de ser descubierta “una red de espionaje al servicio del consulado norteamericano de Barcelona, dirigida directamente por Pierre Michel”, añadiendo que “este individuo enlazaba con Eduardo Castelltort, que es el que directamente dirigía todo el grupo”.


La nota acaba facilitando dos datos adicionales: que los españoles habian "descubierto la red alemana en españa siguiendo los movimientos y entradas y salidas de la casa Merck en barcelona", y que se continuaban "practicando diligencias para el completo esclarecimiento de los hechos".



"La información no puede obtenerse de fantasmas ni espíritus, ni se puede tener por analogía, ni descubrir mediante cálculos. Debe obtenerse de personas; personas que conozcan la situación del adversario. " - El Arte de la Guerra
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