Irena Sendler: La madre de los niños del Holocausto.

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Esta entrada la publiqué en septiembre del año pasado, pero tras recibir de algunos de vosotros un email que circula por internet como desacuerdo a que nunca se le haya otorgado a esta mujer el Premio Nobel de la Paz, la publico de nuevo, y añado al final la viñeta que acompaña ese email.


 Irena Sendler nació en Polonia el 15 de febrero de 1.910, en un pueblo llamado Otwock a 23 kilómetros al sudeste de Varsovia.

Su padre, Stanislaw Krzyzanowski, un medico que tenía mayoritariamente pacientes judíos pobres, fue una gran influencia para ella. Murió cuando Irena tenia 7 años. De él siempre recordaría dos reglas que siguió a rajatabla a lo largo de toda su vida. La primera: que a la gente se la divide entre buenos y malos sólo por sus actos, no por sus posesiones materiales; y la segunda: a ayudar siempre a quien lo necesitase.

Irena trabajaba como enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia que operaba los comedores comunitarios de la ciudad, cuando Alemania invadió el país en 1.939. Ya allí, ejercía su labor altruista intentando salvaguardar a todos aquellos que podía. Entregaban ropas y dinero a las familias judías, inscribiéndolas con nombres católicos falsos para evitar las sospechas de los soldados alemanes.

En 1.942, se crea el Gueto de Varsovia, encerrando en él a unos 400.000 judíos, y las deportaciones empezaron a ser mucho más frecuentes, trasladándoles sobre todo al campo de concentración de Treblinka.

Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí (morían unas 5.000 personas mensualmente por hambre y enfermedades), se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos, Zegota. Consiguió para ella, y su compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas, para entrar al gueto de forma legal. Después, conseguiría más pases para más compañeros. Debido al temor de los alemanes a que se desatara una epidemia, permitían que el Gueto fuera controlado por los polacos.

Irena iba allí diariamente, para llevar comida, medicinas y ropa, y establecer contactos. Cuando caminaba por las calles del gueto, llevaba un brazalete con la estrella de David, como signo de solidaridad y para no llamar la atención.
Una vez allí, comprendió que el verdadero objetivo del gueto era la eliminación de todos los judíos, y pensó que era urgente sacar a todos los niños posibles, o, al menos, a los mas pequeños, para que tuvieran la oportunidad de sobrevivir, por lo que se puso en contacto con familias a las que ofreció llevar a sus hijos fuera del gueto. Aunque no les podía dar garantías de éxito. Lo único seguro era que los niños morirían si permanecían en él.

Comenzó a evacuarlos de todas las formas imaginables: dentro de ataúdes, en cajas de herramientas, bolsas de patatas, entre restos de basura, en ambulancias como enfermos de males muy contagiosos, o a través de una iglesia con dos accesos, uno al gueto y otro secreto al exterior, donde los niños entraban como judíos y salían al otro lado bendecidos como nuevos católicos.

Muchas madres y abuelas eran reticentes a entregar a sus niños, algo absolutamente comprensible pero que resultó fatal para ellos ya que, algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerles cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte. “Fuimos testigo de escenas infernales cuando el padre estaba de acuerdo pero no la madre”.

Durante toda su vida, Irena ha estado recordando a aquellos angustiados padres preguntándole si sus hijos vivirían, y a aquellos asustados niños llorando en las despedidas.

Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social, y con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos, con firmas falsificadas dándoles identidades temporarias a los niños judíos.

La labor no era fácil. El rescate de un niño requería la ayuda de al menos diez personas. Los niños eran los primeros transportados a unidades de servicio humanitario y luego a un lugar seguro. Después les ubicaba en casas, orfanatos y conventos, enviando la mayoría a lugares religiosos ya que, los religiosos siempre tenían las puertas abiertas para los niños del Gueto.

A lo largo de un año y medio, hasta la evacuación del gueto en el verano de 1.942, consiguió rescatar a más de 2.500 niños.

Para Irena no bastaba solo con salvar a los pequeños. Quería que algún día, pudieran recuperar su pasado, sus familias, y su verdadera identidad. Apuntaba en papel los verdaderos nombres, las nuevas identidades y las ubicaciones de los niños. Metía esos papeles en botes de conservas, y los enterraba debajo de una manzano en el jardín de su vecino, frente a los barracones alemanes, para asegurarse de que llegarían a las manos indicadas si ella moría. Allí guardó, sin que nadie lo descubriera, los datos de 2.500 niños.

En 1.943, los nazis supieron de sus actividades, y el 20 de octubre fue detenida por la Gestapo, y encarcelada en la prisión de Pawlak, donde fue brutalmente torturada. Pero a Irena, a pesar de las torturas, y de que le rompieron los pies y las piernas, nunca le pudieron quebrar su voluntad, y mantuvo en secreto los nombres y direcciones de las familias que albergaban a los niños, y nunca traicionó a sus colaboradores.
Fue condenada a muerte, y ella no dijo ni una palabra.
Lo que la mantenía allí con vida, era una estampa de Jesús Misericordioso con la leyenda: “Jesús, en vos confío”, que encontró en un colchón de paja. La llevó consigo hasta el año 1.979, que se la regaló al papa Juan Pablo II.

La sentencia de muerte nunca se llevo a cabo, ya que los miembros de Zegota habían logrado detener la ejecución sobornando a los alemanes, y cuando iba camino de la ejecución, un soldado alemán se la llevó para un "interrogatorio adicional". Al salir, le gritó en polaco: "¡Corra!", y la dejó escapar. Su nombre apareció al día siguiente en las listas de ejecutados.

A partir de ese momento, siguió trabajando en la clandestinidad, con una identidad falsa.

Al finalizar la guerra, Irena desenterró los frascos y utilizó las notas para encontrar a los 2.500 niños que colocó con familias adoptivas. Los reunió con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría había perdido a sus familias en los campos de concentración nazis.
Le entregó las notas al doctor Adolfo Berman, el primer presidente del Comité de salvamento de los judíos sobrevivientes. Al principio, aquellos niños que no tenían una familia adoptiva fueron cuidados en diferentes orfanatos y poco a poco fueron enviados con otros familiares o se quedaron con familias polacas.

A partir de este momento, ella, que ya tenía dos hijos, volvió a ser trabajadora social y a su vida tranquila, sólo truncada por las pintadas, en la puerta de su apartamento, en las que le acusaban con necedad de ser «amiga de los judíos» o la llamaban la «madre de judíos». Se encargó de la supervisión de orfanatos y asilos en Varsovia, y ayudó a crear casas para ancianos, orfanatos y un servicio de emergencia para niños.

Los niños sólo conocían a Irena por su nombre clave "Jolanta". Pero años más tarde, cuando su foto salió en un periódico tras ser premiada por sus acciones humanitarias durante la guerra, un hombre, un pintor, la llamó por teléfono y le dijo: "Recuerdo su cara, usted es quien me sacó del Gueto." Y así comenzó a recibir muchas llamadas como esa, y reconocimientos.

Irena Sendler estuvo años encadenada a una silla de ruedas, por las lesiones que arrastró tras las torturas sufridas por la Gestapo. Tenia en su habitación cientos de fotos con algunos de aquellos niños sobrevivientes o con hijos de ellos. Y jamás se consideró una heroína. Decía que el lamento que la seguiría hasta el día de su muerte era: "Podía haber hecho más".

En 1.965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las naciones y se la nombró ciudadana honoraria de Israel. En noviembre de 2.003 el presidente de la República, Aleksander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil de Polonia: la Orden del Águila Blanca. Por último, y no menos importante, en 2.007 el senado de Polonia presentó la candidatura de Irena Sendler al Premio Nobel de la Paz que finalmente fue concedido al norteamericano Al Gore.


Pese a todo, su historia no fue conocida en su país, tapada por los 40 años de régimen comunista, hasta que en 1.999, un grupo de estudiantes de Kansas la descubrieron, gracias a su profesor de historia, y se quedaron estupefactos cuando, tras buscar el emplazamiento de la tumba de Irena, descubrieron que no existía porque ella aún vivía. Estaban frente a una auténtica heroína prácticamente desconocida, así que impresionados por esta mujer, llevaron a cabo una campaña para que todo el mundo pudiera ser consciente de lo que había logrado, y decidieron escribir una obra de teatro sobre ella. Se escenificó en iglesias y salones sociales asombrando y emocionando a todos los que tuvieron la oportunidad de verla. Uno de estos asistentes fue un profesor judío quien, impactado, ayudó a los escolares a cumplir su deseo: ir a verla a Varsovia y agradecerle lo que había hecho por la Humanidad. Les dio un cheque de 7.000 dólares y les hizo una petición: «Contadme todo con pelos y señales a vuestra vuelta».

Como era de esperar, también llamó la atención de Hollywood, que realizó una película para la televisión, basada en su vida, llamada: The Courageous Heart of Irena Sendler (Rating IMDB: 8.1).


Para mí, Irena es todo un Premio Nobel de la Paz, aunque no se lo hayan dado oficialmente, y un ejemplo a tener siempre presente. Ha sido una fortuna que saliera del anonimato, para no perdernos la biografía de esta gran mujer: "La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad." (Irena Sendler)

Murió en Varsovia el 12 de mayo de 2.008, a los 98 años de edad.

Os dejo el trailer de The Courageous Heart of Irena Sendler - Behind the scenes.




Viñeta:

Traducción de la viñeta:
Niña:Tengo que decirle, señor... Lleva en su brazo un tatuaje mortalmente aburrido. Es sólo un montón de números
 Señor: Bueno, tendría tu edad cuando me lo hicieron. Lo mantengo como un recordatorio
Niña: Oh! ... Un recuerdo de días más felices
Señor: No, de un tiempo en el que el mundo se volvió loco
"Imagínate a ti misma en un país en el que tus compatriotas siguen la voz de un político extremista al que no le gusta tu religión.
Imagínate que te quitan todo, que a toda tu familia la envían a un campo de concentración para trabajar como esclavos, y ser asesinados sistemáticamente. En este sitio te quitan hasta tu nombre para ser sustituido por un número tatuado en tu brazo.
Se llamó El Holocausto, cuando millones de personas perecieron sólo por sus creencias..."
Niña: Entonces lo lleva para acordarse el peligro de las políticas extremistas
Señor: No, cariño. Para recordártelo a ti.

“No se plantan semillas de comida. Se plantan semillas de bondades. Traten de hacer un círculo de bondades, éstas los rodearán y los harán crecer más y más”. (Irena Sendler)
"El anonimato es la expresión más genuina del altruismo." (Eric Gibson)
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Testimonios: la vida en los campos de refugiados.

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El gobierno francés, intentando evitar conflictos con el régimen franquista, se puso como objetivo vaciar los campos de refugiados.
Algunos refugiados volvieron a España a pesar de la amenaza de represión (aproximadamente un tercio), y otros intentaron conseguir documentación y subsistencia en tareas agrícolas, mientras las organizaciones políticas del exilio empezaban a tramitar las salidas hacia países de acogida, de las que se beneficiaron muy pocos, hasta que las autoridades francesas decidieron crear unas obligaciones para todos los apátridas y extranjeros: las Compañías de Trabajadores Extranjeros, los Regimientos de Marcha, y la Legión Extranjera.

Al principio los alistamientos fueron minoritarios, y los campos seguían siendo el alojamiento para la mayoría, mientras las familias que aún permanecían unidas intentaban encontrar formas de subsistir a lo largo del país, hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial, y los alistamientos a las CTE se generalizaron.

Los campos de las colonias francesas en África también recibieron numerosos republicanos españoles, unos 20.000 en distintas fases, que llegaban desde Alicante o Cartagena en barcos con destino a Oran, la costa de Argelia, o Túnez.

Una misión internacional, designada por la Conferencia Internacional de Solidaridad con los Refugiados Españoles, reunida en París, visitó los campos del norte de África en mayo del 39, y el doctor Weissman-Netter decía en su informe: "Carecen de todo... y con el calor que deben soportar podemos afirmar que ningún hombre podrá resistir esas condiciones. Están abocados a la desesperación, a la enfermedad y a la muerte".

Las tripulaciones fueron reagrupadas en un campo al sur de Bizerta, y una parte regresó a España.

Una vez rendida Francia, la Comisión Alemana del Armisticio decidió enviar españoles y ex brigadistas a los campos norteafricanos para trabajar en muy duras condiciones en la construcción del ferrocarril Mediterráneo- Níger, en un Regimiento de Trabajadores Extranjeros.

Una de las cláusulas que los ocupantes impusieron al tratado de armisticio fue la entrega a la policía alemana de los enemigos del Reich, entre ellos, los refugiados republicanos españoles que, si conseguían llegar a la zona no ocupada, tenían que empezar de nuevo la búsqueda de papeles, trabajo, etc... con el fin de evitar un nuevo internamiento en los campos del sur del país.

Eulalio Ferrer:
"En el campo de Argèles -sur-Mer encuentro fortuitamente a mi padre, y la idea que tenía de fugarme se quedó en idea porque mi padre, un antiguo socialista, un "pablista" como él se llamaba, me dijo: "no me dejes porque aquí come el más fuerte y yo llevo tres días sin comer. Nos tiran el pan a voleo y el más fuerte es el que se lo lleva...". En cuanto a las condiciones del campo, pues era el campo libre. Era playa, playa húmeda. Con los Pirineos orientales a un lado. Mes de febrero, fríos, con esos vientos cortantes...Entonces, el dormir allí...pues...era una proeza. Una proeza que nos llenó de piojos porque como nos juntábamos unos a otros para prestarnos calor...pues entonces eso criaba piojos y teníamos piojos. Y además teníamos que hacer nuestras deposiciones en la misma orilla de la playa, y se les ocurrió a los franceses en lugar de aljibes, en aquellos días, poner unas bombas que extraían y depuraban, teóricamente, el agua del mar. Y lo que extraían eran nuestros propios detritus y claro, la cantidad de gente que murió de disentería fue enorme...Uno podía encontrarse a las dos de la mañana, frente a un barracón, a un señor vestido con esmoquin y con una chistera, tocando el violín y diciéndonos, al final, a los que nos acercábamos: "mañana los espero en el Liceo de Barcelona".

Sixto Úbeda:
"Cuando llegamos al campo de Saint-Cyprien no había viviendas para alojarnos, y teníamos que dormir sobre la arena, y los que teníamos una manta teníamos esa suerte para poder tumbarnos y poníamos debajo papeles...Allí morían los que tenían más de cincuenta años, pues no podían aguantar las calamidades, las vicisitudes, la intemperie, el frío...Cada día enterrábamos a una pila de ellos en el cementerio que estaba enfrente del campo... Nos guardaban los senegaleses, los argelinos, los somalíes. Allí nos daban de comer un pan de dos kilos para veinticuatro personas, y tocábamos a dos sardinas. El agua que bebíamos era de las bombas artesanas que filtraban del mar y la descomposición del vientre era algo terrible, la gente tenía que correr a la orilla del mar a hacer sus necesidades y entonces nosotros gritábamos: "¡A la playa!, ¡A la playa!". El humor no lo perdimos nunca."


Joan Escuer Gomis:
" En este campo (Septfonds), permanecí desde el día 18 de octubre hasta el 14 de febrero de 1.940, en que me incorporé a la fuerza a una Compañía de Trabajadores Extranjeros, la 218, destinada a Saint Medar-en-Jalles, en las afueras de Burdeos. En esta compañía estuve hasta el 24 de junio de 1.940. Dado que las tropas de ocupación alemanas se encontraban a pocos kilómetros de esta capital y yo no quería caer en las garras de los nazis, cogí el tren por mi propio riesgo, dirección a Toulouse; al llegar a esta capital, los gendarmes franceses, a todos los republicanos españoles nos hicieron bajar del tren y nos concentraron en el campo de fútbol de Toulouse. El día 27 de junio nos trasladaron al campo de concentración de Bram y el día 29, dos días después, otra vez nos internaron en el campo de Argelers.
En este campo estuve hasta el 18 de octubre de 1.940, en que fui incorporado al 142 Grupo de Trabajadores Extranjeros y destinado al campo del ejercito francés ubicado en Rivesaltes(*) hasta el 8 de mayo de 1.941, cuando, a petición propia, fui trasladado al 641 Grupo de Trabajadores Extranjeros a Saint-Aistier, a 18 kilómetros de Perigueux, donde estaba mi hermano Enric y al que quería unirme.
El día 16 de septiembre de 1.941, un grupo de españoles fuimos entregados a las autoridades nazis y enviados a Saint Nazaire (Loire Atlantique) para la construcción de la base submarina. Estuve internado en el campo Franco hasta el 4 de julio de 1.942, en que la Gestapo me arrestó.
A partir de aquí ya es otra historia".

Eduardo Ferri (en el Tribunal Militar de Argelia que juzgó a los verdugos de 40 campos):
"Llegamos a las 11 de la noche al campo. Apenas habíamos puesto los pies en el recinto cuando una docena de vigilantes armados de bastones nos apalearon salvajemente. El sargento-jefe Dauphin, que reemplazaba al jefe de campo, ayudado por el vigilante Riepp, nos apaleó a todos.
El trabajo era rudo. Consistía en transportar ladrillos de 15 kilos y volver a recoger otro, todo ello a paso gimnástico. Más duro era cuando tocaba transportar el agua: consistía en recipientes de 80 litros que tenían que llevar dos hombres. Las paradas estaban fijadas de antemano. Toda infracción era sancionada con celda de castigo. En ellas te sometían al régimen de pan y sopa cada cuatro días más el apaleamiento diario por parte de los vigilantes Riepp y Durmanoff en presencia del sargento-jefe Dauphin.
Cuatro detenidos que traían del campo Kenadza fueron apaleados delante de todo el efectivo del campo por la fuga, durante el traslado, de un quinto prisionero. Dos de ellos murieron al día siguiente y el español Ruís Quenane, desfigurado y en estado gravísimo, fue enviado al hospital de Aïn-Sefra, donde necesitó dos meses y medio para reponerse.
A partir de septiembre de 1.942, el régimen de disciplina se endurecía. Ir a buscar leña, a paso gimnástico, después de la comida. Acostarse en el suelo y levantarse repetidamente a toque de silbato, durante bastante tiempo y en pleno calor. A un español le rompieron la mano de un bastonazo y al alemán Mitchaëli le fracturaron un brazo de la misma forma. El español Navarro consiguió fugarse con otro compatriota. Aprehendido el primero fue llevado de nuevo al campo, donde le apalearon hasta matarlo. Francisco Pozas Oliver, Francisco Loredo Ruíz, y el conocido por Kataba y otros más murieron como resultado de palizas."

Pilar Claver:
"El campo (Angulema) ya estaba definitivamente formado por varios barracones. Había muchos hombres que no sabíamos de dónde procedían. Algunos, escapados de otros campos o de compañías de trabajo. Estábamos rodeados de alambradas, con las puertas vigiladas por guardias. Para poder salir a trabajar necesitabas un salvoconducto. Allí no teníamos ninguna comodidad, ni higiene ni nada. Nos teníamos que lavar en una especie de abrevadero al aire libre.
Allí nos encontrábamos unas doscientas personas cuando aquella parte fue ocupada por los alemanes [...]. Un día llegaron los alemanes, hicieron un registro del campo, todos estábamos muertos de miedo. Fue en aquel momento cuando se llenó el campo. Todos los españoles huían con la desbandada del ejército francés y allí venían porque se encontraban otros compatriotas buscando amparo y cobijo.
Por un tiempo nos dejaron tranquilos.
Los alemanes pronto empezaron a reclutar hombres para el trabajo, y a las mujeres nos sacaban para el trabajo doméstico de las casas, que es a lo único a lo que teníamos derecho, a hacer de esclavas [...]."

(*) Os recomiendo esta entrada sobre Rivesaltes, de Oscar Velázquez. 

Bibliografía: Los Campos de Concentración Nazis, Rosa Toran (Ed. Península), El Exilio Español, J. Martin Casas y P. Carvajal Urquijo (Ed. Planeta)
"Enterradme en España cuando muera (¡por caridad, hermanos, en mi España!), si herido de su amor, en tierra extraña, desangrado en suspiros, me muriera" - Alfonso Vidal y Planas.
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El komando Schoenenfeld

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El campo de concentración de Ravensbrück fue construido entre noviembre de 1.938 y abril de 1.939, y fue el más grande en Alemania, destinado especialmente a mujeres, situado a unos 90 km al norte de Berlín. Por él pasaron unas 150.000 mujeres de 23 nacionalidades, entre ellas, españolas.

Uno de los komandos que se formaron en Ravensbrueck, fue el komando Schoenenfeld, destinado a trabajar en una fábrica de armamento de aviación.
Como en todos los komandos, las prisioneras trataban de sabotear la producción y ensayaban motines, como el ocurrido en el Kommando Schoenenfeld, que comenzaron las españolas y secundaron las rusas.

En este komando estuvo destinada Mercedes Nuñez. Según su testimonio, al llegar su convoy a Ravensbrück, seleccionaron a todas las mujeres, separando a un lado a las ancianas y embarazadas, destinadas a morir en las cámaras de gas, y a otro a las fuertes, unas 6.000 de varias nacionalidades entre las que llegaron 8 españolas, destinadas a trabajar en el komando Schoenfeld.

En el komando pasaban 12 horas trabajando en la fábrica, y después tenían que hacer la formación para pasar lista por la noche.

Nada más cruzar la puerta del campo dejaron de existir sus nombres pasando a ser solo números, pero los números "ocultaban espíritus humanos", y cuando, a latigazos, se vieron obligadas a fabricar obuses su respuesta no se hizo esperar, y comenzaron con los sabotajes.

Los obuses salían defectuosos, las máquinas se estropeaban y un montón de chatarra crecía, aumentaba cada día ostensiblemente. Cada una de las prisioneras imaginaba la mejor manera de contribuir a ello. Entre los obuses buenos se colocaban los defectuosos y los que estaban bien se echaban a la chatarra. Cuando las máquinas estaban desequilibradas, pasaban las piezas a toda prisa.

"Un día las mujeres de un turno llegaron muy excitadas. Contaban que había estallado una máquina. Una española se nos acercó y murmuró a mi oído: He sido yo. Encargada de extraer la carga de explosivo de los obuses que nos devolvían por defectuosos y que debían rectificarse, dejó la carga de uno y, con peligro de su vida, la máquina exploto. Esto demostraba bien a las claras que el apego a la vida no disminuía el ardor combativo. A nuestra benjamina, el inutilizar el contador de una máquina - ¡otro sabotaje! - estuvo a punto de costarle el fatídico transporte. Es decir: la cámara de gas. La declaración resuelta de un grupo de obreros alemanes, asegurando que la avería había sido puramente fortuita le salvó seguramente la vida y le costó tan sólo unos días de calabozo."

Los SS habían dicho a los obreros alemanes que aquellas mujeres eran "mujeres de mal vivir" y que debían evitarlas, pero los obreros solo tenían una actitud indiferente, agravada por el desconocimiento que tenían las mujeres del idioma alemán, y esto, influyó en la idea de organizar una manifestación política en la fábrica.

"¿Cómo demostrar de forma contundente a aquellos obreros nuestra calidad de políticas?. Entre nosotras se iba abriendo paso la idea de llevar a cabo una acción de envergadura.
La ocasión nos la dieron los mismos nazis. Con sorpresa e indignación supimos que tenían la intención de pagarnos hipócritamente un salario en presencia de los obreros, como si fuéramos trabajadoras libres. Un verdadero escarnio que no estábamos dispuestas a soportar.
Se decidió, entonces, rechazar públicamente en la fábrica el dinero y proclamar abiertamente nuestra condición de prisioneras políticas.
Nos transmitió este proyecto una compañera comunista francesa, la cual precisó que todas las prisioneras francesas lo discutirían; que en caso favorable se concretaría una acción y que todas las nacionalidades del campo harían lo mismo. Y añadió: ¿qué pensáis las españolas?. Discutidlo."

"La decisión que adoptamos fue unánime, gritamos todas a una: ¡no queremos salario alguno, porque nosotras no somos obreras libres!, ¡somos detenidas políticas!. Aprender esta pequeña frase en alemán  había supuesto un esfuerzo sobrehumano. Pero la aprendimos.

Imaginad lo difícil que era en aquellas circunstancias organizar semejante revuelta. Hoy todavía me asombro de haberla realizado. La proposición, entonces, nos pareció absolutamente normal a las 8 españolas del Komando. "

Para las españolas era un gesto de dignidad, y la expresión de la España en lucha contra el fascismo.

Rápidamente fueron secundadas por las soviéticas, y a continuación por el resto de las deportadas.

"Cuando el Obermeister dejó una papeleta o bono de pago frente a cada una de nosotras, en su lugar de trabajo, las papeletas se rompieron, mientras que en todas partes se oía el grito de "¡somos políticas!". Ni una sola de las 6.000 mujeres recogió su bono. Los guardianes se desgañitaban y golpeaban con una furia bestial. Junto a mí, un viejo alemán repetía, profundamente conmovido: "gut, kameraden, gut" (bien, camarada, bien). No sabía como responderle. Hubiera querido que supiera que nosotras no confundíamos a los nazis con el pueblo alemán y le grité emocionada:¡Tachmann!, que era el grito de los brigadistas alemanes en la guerra de España. [...] Volvimos al campo marcando el paso, con la cabeza erguida. Antes, habíamos decidido que si llamaban a una para castigarla, saldríamos todas. Pero no ocurrió nada. Luego supimos por qué. Los obreros alemanes de la fábrica habían protestado al ver cómo nos golpeaban. Sin ninguna razón especial, supongo, el Obermeister se acercó a mí y me preguntó cuál era mi nacionalidad. Con irreprimible orgullo respondí: Spanisches. El funcionario SS bajó la vista y se alejó."

Hacer sabotaje era jugarse la vida, pero los sabotajes continuaron, y fueron cada vez más grandes, creando en la fábrica una situación caótica. Trabajar con lentitud, estropear la maquinaria... todo valía.
"Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de sí mismo." - Abraham Lincoln
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